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Arquitectura habanera a través del tiempo

Por: Madeline Menéndez García

9 enero, 2023 En Diálogo, Revista Espacio Laical No.1 - 2023 0
Antigua Quinta del Conde Santovenia, en el Cerro.

Quinientos años en el transcurso de una ciudad viva, dinámica, como La Habana, implica reconocer las circunstancias —naturales, climáticas, socioeconómicas, tecnológicas, políticas, en ocasiones militares— que durante ese devenir histórico condicionaron la conformación morfológica de los territorios incorporados, así como la definición de la arquitectura en ellos insertada. La arquitectura habanera, propia de una ciudad portuaria, estaría recibiendo influencias foráneas, criterios culturales que, una vez adecuados a su particular medio proporcionaría la diversidad y riqueza a los diversos sectores urbanos.

Durante gran parte del desarrollo de la villa colonial habanera predominaron edificaciones de un solo nivel, las llamadas casas bajas. Estas incluyeron dos tipos, la casa de zaguán como solución de acceso, ocupante de parcelas más anchas, y la que sin este elemento ocupaba parcelas estrechas. La casa de zaguán se asociaba a la aparición de los primeros medios de transporte, así como a los grupos sociales de mayor poder económico. El zaguán, ocupante junto al salón principal de la primera crujía, posibilitaba la entrada del vehículo sin perturbar la actividad de aquel, así como el acceso a dicho salón de la familia a través de una puerta enrejada que enlaza ambos espacios. Según el ancho de la parcela la casa puede contener un patio central —aunque fue predominante el lateral— y galerías de transición entre los aposentos interiores y aquel, así como un segundo patio de servicio cuando la profundidad de la parcela lo permite.

Por su parte, en las casas sin zaguán, asociada a sectores económicos más débiles, resultaba obligado el patio lateral. En ella la primera crujía se extiende a todo lo ancho de la parcela y funcionaba como sala principal, con acceso directo desde la calle. A partir de esta crujía se desarrolla otra, longitudinal —perpendicular a aquélla, y hacia uno de los lados de la parcela— que agrupaba a las habitaciones o dormitorios. Paralelo a ésta, el patio, separado de la primera crujía, o sala, por medio de un local de transición o colgadizo, denominación ésta asociada a los techos en pendientes. Del mismo modo aparecían traspatios de servicio en las parcelas profundas.

Antigua Quinta del Conde Santovenia, en el Cerro.

Durante el siglo XVIII el crecimiento poblacional y la ocupación total del recinto amurallado conducen al crecimiento en altura de muchas casas bajas, mientras que otras edificaciones surgen con dos niveles.

Son éstas las por entonces llamadas casas altas, las cuales incluyen el zaguán como acceso. En la organización de ellas se establece una diferencia funcional entre ambas plantas, la baja, limitada a las actividades de servicio —almacén, caballería, cocheras— la alta, destinada a los ambientes familiares. Ocupa la escalera un área de la galería delantera —segunda crujía— vinculada directamente al zaguán y que desemboca en la galería alta. La planta alta presenta el salón principal en la primera crujía paralela a la calle y, en casos de edificaciones de esquina pueden aparecer varios salones expresados a las fachadas. Las habitaciones perimetrales al patio —lateral o central— separadas por galerías o por balcones volados corridos.

Antigua mansión de la familia Gómez Mena, en el Vedado.

La casa de dos plantas adquiere más eficiencia con la introducción del entresuelo, nivel intermedio que se incorpora aprovechando el puntal alto de la planta baja y ocupa una parte de su volumen, dejando libre, con el doble puntal, los espacios principales como el zaguán y las galerías. Se perfecciona la segregación de funciones según las nuevas necesidades de las familias. La planta baja se reserva para el almacenaje de los productos de las haciendas y para acomodar los coches y las caballerizas. Locales con comunicación directa desde la calle (las llamadas accesorias), eran generalmente alquilados como vivienda o comercio, con independencia del resto de la casa. La servidumbre se acomodaba en el entresuelo, donde también podía establecerse el despacho u oficina del administrador de las propiedades familiares. Bien jerarquizado en sus tratamientos, el llamado piso noble o planta alta principal, asume la vida familiar.

Sin embargo, la solución habitacional dominante y caracterizadora de los ambientes urbanos a partir de las últimas décadas del siglo XIX tiene como referente más cercano a la vivienda de una planta y patio lateral proveniente de siglos anteriores. La misma vivienda individual, con idéntica distribución de sus espacios, se repite ahora en cada uno de los dos o tres niveles que desarrollan los inmuebles en estas parcelas estrechas, aunque incluyendo a la escalera con acceso directo desde la calle.

Lograda en 1863 la demolición de las murallas, fueron presentadas las propuestas que desde antes se manejaban para la urbanización del nuevo reparto que ocuparía la faja del antiguo glacis. El proyecto aprobado del así llamado Reparto Las Murallas concebía dos calles principales paralelas a la línea del ring con 15 metros de ancho y portales en todas sus fachadas, mientras que en sentido opuesto, las calles en sentido este a oeste darían continuidad a las ya existentes en las áreas de extramuros, con su propio trazado y ancho. Desde 1861 se habían elaborado Ordenanzas Municipales que, entre sus múltiples condicionantes, establecían la obligatoriedad de construir portales porticados públicos en aquellas edificaciones enfrentadas a calles principales, es decir, las llamadas calzadas. Para ello el Ayuntamiento ofrecía con carácter gratuito el espacio de ampliación necesario a expensa del ancho de la vía. Los edificios residenciales que a inicios del siglo XIX ocupaban parcelas enfrentadas al Paseo del Prado, deberán incorporar portales públicos y realizar reformas que son aprovechadas para diversos fines. Entre ellos, la independización de los diversos niveles y pasar así a la variante más contemporánea del inquilinato; mejorar el confort en las viviendas con la incorporación del «baño intercalado», en sustitución del más primitivo ubicado al fondo del inmueble; la expresión exterior de las plantas altas ganan en atractivos al destinar el espacio superior provocado por el portal bajo a la creación de las loggias abiertas, características del ambiente urbano del importante paseo habanero.

Durante el siglo XVIII la villa habanera desarrollaba ensanches en dirección oeste, distanciados de aquella por razones de seguridad. Lo hacía también a lo largo de los caminos que enlazaban con los territorios agrícolas, entre ellos el que saliendo de la Puerta de Tierra (primera abierta en la muralla) tomaba rumbo suroeste dando origen a asentamientos como El Horcón (actual zona de la esquina de Tejas). A inicios del siglo xix antiguas estancias de labor favorecidas por la presencia de la zanja real y vinculadas a dicho camino comenzarían un proceso de subdivisión y venta de terrenos. En ellos se ejecutarían las primeras casas quintas que, con un carácter de veraneo, respondían a familias acaudaladas que contaban con su residencia principal en la vieja ciudad. El sitio sería conocido como El Cerro, núcleo original que con la aparición de nuevas casas quintas se extendería luego a lo largo del camino hasta hacer contacto con los primeros asentamientos.

Las casas quintas de El Cerro disponían de amplios terrenos que contaban con huertos y jardines enriquecidos con fuentes y esculturas. Dichas áreas podían estar presente tanto al fondo de la propiedad como en alguno de sus laterales y enfrentados a la calzada. La profusión de los espacios libres hacían innecesario el empleo de patios interiores, no obstante y más a modo de espacios de circulación se incluían en ocasiones en algunas casas (Quinta San José, 1ra mitad del XIX; Quinta Echarte, 1870, con patios centrales rodeados de galerías; Casa de la familia Zayas Bonet, con patio delimitado por uno solo de sus lados). Los portales, a veces perimetrales, eran delimitados por columnas de expresión clásica. Algunas residencias se acercaban a la calzada, (Quinta de los Condes de Fernandina 1819) mientras que otras se alejaban de ella para lograr una máxima privacidad. (Quinta del Conde de Santovenia, 1841) La ausencia de algún tipo de ordenamiento urbano posibilitaba dicha variedad. El acceso para los carruajes contaba con varias opciones dada la disposición de amplios terrenos. Podían resolverse en zaguanes localizados en uno de los extremos de la fachada, facilitando el acceso de las personas al portal y de ahí al interior de la vivienda. El coche continuaba luego su paso hacia las cocheras, ubicadas al fondo de la propiedad. Otras entradas para los carruajes se ubicaban externas a la casa, a través de rejas que abrían hacia las áreas de jardines.

A mediados del siglo XIX es El Cerro el barrio privilegiado por excelencia, habitado por familias de la nobleza y del más alto rango social, aunque otro tipo de vivienda, menos ostentosa pero también de gran prestancia y elegante expresión neoclásica, ocuparía los espacios restantes. Las desatenciones y los malos manejos han derivado en la pérdida de gran parte del patrimonio arquitectónico de este sector urbano y, en especial de su histórica calzada. Algunas de sus casas quinta lograron sobrevivir a partir de cambios de uso, convertidas en instalaciones de salud, y de atención a ancianos, como las atendidas por la Iglesia. Otras han devenido ruinas tugurizadas. El deterioro generalizado dificulta el reconocimiento actual de los muchos valores y atractivos que caracterizaron al Cerro en décadas lejanas.

El Vedado se configuró al comienzo de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los continuos y sistemáticos ensanches de la ciudad mostraban una Habana extendida y poblada más allá de sus viejas murallas, es decir, hasta la actual calle Belascoaín. El sitio, en las proximidades de la desembocadura del río Almendares, brindaría ventajas al desarrollo de una urbanización que insertaba el paisaje costero en sus visuales gracias a las pendientes de su accidentado relieve. La indiscutible novedad del diseño de El Vedado contrastaría con el urbanismo decimonónico, ya entonces consolidado en la ciudad. Uno de los elementos determinantes en la singularidad del reparto fue su trazado urbano, girado 45 grados en su orientación geográfica en relación con el del resto de la ciudad, con la intención de aprovechar al máximo la circulación de las brisas. Igualmente, fue novedosa la introducción del arbolado en calles, parques y paseos, prevista para contrarrestar los rigores de nuestro clima, así como el diseño de las calles (anchos de la calzada, aceras y parterres), el que asimilaría fácilmente, años más tarde, la llegada del automóvil, además de asegurar el acceso al resto de la ciudad consolidada, de cuyos límites separaban kilómetros aun sin urbanizar.

Los portales y jardines delanteros, exigidos por el proyecto urbano, favorecieron la coherencia de la imagen resultante, a lo que contribuyó la excelente arquitectura insertada en sus manzanas, independientemente de la variedad tipológica, la expresión formal y la jerarquía de las edificaciones, las cuales podían asumir la tradicional medianería, como modo de ocupación de la parcela, junto a la alternativa de la construcción exenta, finalmente prevaleciente en el conjunto urbano. Si bien se asocia a El Vedado con el barrio de las élites habaneras y la aristocracia de las primeras décadas de la República —criterio fundamentado en la magnificencia de las residencias incorporadas durante la segunda y tercera década del siglo xx—, no es menos cierto que tanto antes, como sobre todo después de dicha etapa, el sitio contó con edificaciones diseñadas para diferentes grupos sociales. No tan ostentosas, aunque sí portadoras de indudable elegancia y alta calidad constructiva, otras manifestaciones de la arquitectura residencial, principalmente las creadas para la creciente clase media, ocuparían buen parte de los espacios urbanos. A ellas se sumaron también los edificios de apartamentos en sus diversas modalidades, desde los más lujosos hasta los más modestos. Las ventajas del novedoso urbanismo posibilitaron que allí convivieran, en total armonía, el espectacular palacete republicano, la sobria casa quinta neoclásica, la atractiva villa ecléctica, las modestas casas gemelas —en ocasiones en hileras— e, incluso, la vivienda más pobre, integrando ciudadelas ocultas al interior de la manzana, flanqueadas por portales de digna expresión ecléctica. Armonía y coherencia logradas gracias a los imperativos del ordenamiento urbano y a la indiscutible calidad del hecho constructivo.

A inicios del siglo XX ya El Vedado sería reconocido como el barrio más elegante de la ciudad, manteniendo en el tiempo su condición de sitio preferido por los habaneros tanto por sus ambientes atractivos y agradables como por la centralidad adquirida con el paso de los años. Integrando el valioso conjunto edificado del reparto habanero se comprueba la conservación de ejemplos provenientes de las primeras etapas de su desarrollo urbano, es decir, últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX.

Las casas quinta contaron con valiosos exponentes en esta etapa inicial del reparto, aunque en este caso adaptadas al parcelario preestablecido del Vedado, no comparable con la total libertad que gozaron las del Cerro ante la amplitud de las estancias que ocuparon. Entre ellas puede mencionarse Quinta 304, con esquema a partir de un patio lateral con colgadizos en los tres lados que drenan hacia el mismo. Otras lo serían Línea 505; Calzada 807 esquina a 4, residencia que fuera del matrimonio integrado por María Teresa Bances y José Francisco Martí, hijo del Apóstol; Once 761 esquina a 2, que en sus orígenes ocupara la mitad de la manzana. Manifestaciones de la medianería son las viviendas de tipo simple (en parcelas estrechas y con el obligado patio lateral); las casas con zaguán, como las de Calzada 508 y 510; las casas gemelas con sus alternativas de casas bajas, como Paseo 605 y 607 y las gemelas altas, con viviendas independientes en cada nivel; las series medianeras, diseñadas a partir de un módulo habitacional que se reitera a lo largo de un tramo de calle, como la de 17 nos. 1152 a 1162.

Las edificaciones exentas, definitivamente predominantes, cuentan en El Vedado con un valioso y extenso repertorio asociado a todas las épocas del desarrollo del conjunto urbano. De mucha mayor presencia es el tipo que introduce el hall central, componente esencial en la circulación y estructuración de los diversos ambientes. En las casas bajas, o sea, de una única planta, el hall resuelve además la ventilación y la iluminación, al elevar su puntal por encima del resto del inmueble. En estos casos introduce un elemento de gran peso en la identidad de la arquitectura del Vedado, el lucernario, pieza de altos valores artísticos que añade a la iluminación los más atractivos efectos luminosos y coloridos. El hall central estará también presente en residencia de dos plantas, ahora prescindiendo del lucernario.

Entre los más reconocidos exponentes de la arquitectura residencial exenta y de carácter unifamiliar se encuentran los palacetes republicanos, opulentas y ostentosas residencias caracterizadas por su fuerte y variada volumetría, la jerarquización de los accesos, la muy diversificada especialización funcional de los espacios interiores, acorde con la activa vida social de las familias y posibilitados por la amplitud de las áreas disponibles. Elementos de notable interés artístico lo constituyen las escaleras, siempre acompañadas por la elaborada y colorida ventana vidriera.

Integra el extenso repertorio residencial de El Vedado el edificio de apartamentos, incorporado a partir de la tercera década del siglo XX, aunque con un indudable auge en la década de los cincuenta cuando dichas obras se multiplican para ir sellando solares vacantes o sustituyendo, previa compra y demolición, las más antiguas residencias. Entre sus principales características se encuentran: disponer varias viviendas en cada uno de los niveles del inmueble; la sustitución del patio tradicional por el patinejo, no solo para mejorar las condiciones ambientales, sino para ubicar en él los lavaderos e instalaciones destinadas a la limpieza; y, además, compartir el acceso y las circulaciones verticales y horizontales. El edificio de apartamentos constituía entonces la respuesta al tipo de vivienda diversificada, según las nuevas estructuras familiares, posibilidades económicas de los diferentes estratos sociales y variaciones en los intereses y en el modo de vida de cada uno de estos grupos. De esta manera, la producción de apartamentos sería útil tanto para la media y la alta burguesía como para la población de menores recursos. El fuerte aumento de la mezcla social que se genera con esta opción habitacional impulsará aún más el traslado de una buena parte de las élites residentes hacia las urbanizaciones del oeste, especialmente hacia Miramar.

Reloj de Quinta Avenida, Miramar.

Constituye Miramar uno de los repartos habaneros que integran el actual municipio Playa, derivado este último del republicano municipio Marianao. Son ellos desarrollos urbanos que, cruzando el río Almen- dares en sentido oeste y a partir de la segunda década del siglo xx, dieron origen a barrios residenciales para las más altas clases sociales que perseguían la exclusividad y la privacidad que ya no les aseguraba El Vedado. Gozando de ventajas ambientales como la cercanía del mar, así como las facilidades de conexión proporcionadas por el inicial puente de madera que enlazaba con la calle Calzada del Vedado, el Miramar histórico, delimitado por la calle 36, se configuró sobre la base de un proyecto urbano de claro y preciso ordenamiento. La regularidad de su trazado definió manzanas rectangulares delimitadas por calles y avenidas principales, estas últimas, de mayor categoría, y en sentido este-oeste, o sea, paralelas al litoral y capaces de enlazar la ciudad con los territorios más distantes. Como eje principal, la Quinta Avenida, devino símbolo del nuevo reparto, con su paseo central arbolado.

De carácter decididamente residencial, Miramar se distingue por la calidad de su arquitectura aun cuando esta responde a diversas clases sociales, tanto a las élites más asociadas a sus primeras etapas, como a la clase media alta que impulsó finalmente su desarrollo. Una mayor jerarquía se aprecia en la Quinta Avenida con edificaciones lujosas, en ocasiones palacetes que recuerdan a los del vecino Vedado. Para ello se ocuparon preferiblemente esquinas de manzanas y más de uno de los lotes establecidos originalmente para las mismas. La expresión ecléctica dominaría la imagen en aquellos primeros tramos de la Quinta Avenida y en sus proximidades, tanto con la adopción de códigos neocoloniales —casa de la condesa de Buenavista; la de Clarisa Aspuru, o en la de Max Borges del Junco— como con aquellos asociados al Art Deco —casa de Francisco Arguelles; de Marcial Facio; de Lilia Andreu; de Clemente Inclán. Más tarde la modernidad se impondría, en especial en las avenidas más próximas a la costa ocupadas durante los años cuarenta y cincuenta.

Exponentes asociados al Movimiento Moderno asumieron luego composiciones más libres y de gran flexibilidad destacadas por su adecuación a las condiciones climáticas locales, por una mayor integración entre los espacios interiores y exteriores y, en ocasiones, por sus referencias a la arquitectura tradicional, como en el caso de las cubiertas inclinadas. Ejemplo de absoluta modernidad lo constituye la residencia de Eutimio Falla Bonet, en Primera Avenida esquina a 28, de 1939; así como la casa de. Max Borges Recio, 1ra. y 34, de 1950.

De este modo, de modo sintético —el tiempo que me han asignado los organizadores no me permite extenderme más—, ha evolucionado la arquitectura habanera; ella aúna las influencias foráneas y los criterios culturales de nuestra idiosincrasia, de nuestro clima y de los cánones arquitectónicos prevalecientes en cada época. Todo ello proporciona la variedad y riqueza de los diversos sectores urbanos que componen La Habana; desde sus orígenes alrededor de la mítica ceiba en la Plaza de Armas, su lugar fundacional, para luego extenderse alrededor de la rada portuaria y, con el paso de los años, desbordar sus vetustas murallas y comenzar su paulatina expansión hasta llegar, cinco siglos después, a la Ciudad actual, testigo nítido de como se ha desarrollado la arquitectura habanera a través del tiempo.

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