
Contemplar a La Habana desde los ojos de los poe- tas, ese es el desafío que me ha tocado esta tarde y lo acompaña otro mayor, porque entre tantos que cantaron, con acierto o sin él, a lo largo de cinco siglos la ciudad, debo escoger apenas unos pocos para ofrecer una imagen lírica de esta villa que después fue ciudad y acabó erigiéndose en capital de la Isla.
El primer ejemplo data de fines del siglo XVI y pertenece al fraile franciscano Alonso Gregorio de Escobedo, autor de un voluminoso texto en verso titulado La Florida que vio la luz en Madrid hacia el año 1600.Consta de alrededor de 21000 versos, agrupados en octavas reales, pero yo dudaría en llamarlo poema. En realidad es una especie de crónica rimada que narra la difícil travesía en 1587 desde España, de él y otros frailes, enviados por el superior Fray Alonso Reinoso a San Agustín de la Florida. Aunque en la Península Escobedo pasaba por poeta y con este título frecuentaba la tertulia literaria del Conde de Niebla, no hay una gota de lírica en sus estrofas, sencillamente se vale de cierta habilidad para versificar y de algún dominio de la retórica y el lenguaje de la épica de su tiempo para narrar las peripecias de la travesía: riñas, ataques de piratas, encuentros con nativos americanos.
Por esas fechas la villa habanera no era más que un caserío formado por bohíos que se agolpaban en las calles de tierra que partían de la Plaza de Armas. El Castillo de la Real Fuerza era un fortín rodeado por una empalizada y la Parroquial Mayor tenía techumbre de guano, a pesar del importante tráfico de navíos en el puerto, que gozaba ya de una importancia estratégica para el comercio entre España y América. El escritor pasa un mes en el convento de San Francisco de la Habana, que no es todavía la edificación de pie- dra de un siglo después, sino otro bohío. Quizá allí esbozó las estrofas relativas a su estancia. No tiene una mirada siquiera para el paisaje del puerto y las áreas vecinas, solo se detiene en la violenta existencia de la ciudad donde peleas, insultos y crímenes son materia cotidiana. Así describe su llegada en el Canto XVIII:

Cuando la ponentina tierra hollamos
desta ciudad del mundo respectada,
mis amigos y yo, nos alojamos
en San Francisco, pobre y real posada.
Otro día tres muertos enterramos
que lo fueron del filo de una espada,
por causa de mujeres los mataron
otros de su nación a quien colgaron.1
Es evidente que el autor no siente demasiada sim- patía por ese sitio hostil y no oculta sus ansias de par- tir hacia la misión evangelizadora encomendada. San Cristóbal es algo menos para él que una estancia en el purgatorio:
Un mes estuvo entero en La Habana,
en cuyo fin le puso a su camino
mi sancta compañía franciscana,
y el prelado del cargo honroso, digno.
Mi alma de contento estaba ufana
por ir a predicar al ponentino,
cumpliendo la obediencia y mandamiento
de Jesucristo, Dios del firmamento.
El segundo ejemplo que les traigo es del siglo XVIII, concretamente hacia 1762. Ya La Habana es ciudad y cabeza de una región próspera gracias a la exportación de buen tabaco y a la expansión de los ingenios de azúcar. A la antigua austeridad ha sucedido cierto esplendor, hay una pequeña élite ilustrada y en ella algunas mujeres que escriben. Una de ellas es doña Beatriz Jústiz y Zayas, esposa del primer Marqués de Jústiz de Santa Ana. A ella se atribuye la «Dolorosa métrica expresión del sitio y entrega de La Habana, dirigida a nuestro católico rey y señor don Carlos Tercero por una poetisa natural de la misma Habana». El texto no está escrito en macizas octavas sino en décimas, un tipo de estrofa que en Cuba se había acriollado a la expresión popular.
Lo interesante es que la autora redacta lo que podría llamarse un texto cívico. Ella denuncia el luto de su ciudad por la invasión británica. Su propósito es político: reclamar a Carlos III que intervenga para devolver la ciudad y el resto de la Isla a sus posesiones. El tono dramático hace evidente que quien escribe no es alguien de paso, alguien nacido allí y que siente un apego entrañable por el lugar, al que designa como patria:
¿Tú, Habana, capitulada?
¿Tú en llanto? ¿Tú en exterminio?
¿Tú ya en extraño dominio?
¡Qué dolor, oh patria amada! Por no verte enajenada,
¿cuántos se sacrificaron?
¿Y cuántos más envidiaron tan feliz honrosa suerte
de que, con sangre, en la muerte tus exequias rubricaron?2
Pasamos, como volando, sobre varias décadas y llegamos a 1837. La producción de azúcar está en su apogeo. La ciudad ahora ha relegado a los bohíos a las márgenes, su centro luce orgulloso un Palacio de los Capitanes Generales, la Catedral exhibe su barroca fachada y a un costado de ella se alza el Seminario de San Carlos y San Ambrosio y el antiguo Campo de Marte exhibe desde ese año una nueva fuente donada por el intendente Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva. La ha encargado al escultor italiano Gaggini y supuestamente representa a la Noble Habana, como una mujer de perfil clásico, tocado indígena y rodeada de algunos frutos del país. Ante ella se detiene un joven poeta mulato, Gabriel de la Concepción Valdés.
Mirad la Habana allí color de nieve,
Gentil indiana de estructura fina,
Dominando una fuente cristalina,
Sentada en trono de alabastro breve.
Jamás murmura de su suerte aleve,
Ni se lamenta al sol que la fascina,
Ni la cruda intemperie la extermina,
Ni la furiosa tempestad la mueve.3
Para éste, que es ya un verdadero poeta, la figura de mármol es a la vez la Ciudad, una india y en último caso una mujer imposible de conquistar, porque es una beldad blanca, el símbolo de una clase que por unos años aplaudirá sus elogios en verso, pero que no moverá un dedo para salvarlo en 1844 cuando sea condenado a muerte durante el Proceso de la Escalera. Y es que la fuente, el Paseo del Prado y hasta la mismísima Catedral obtienen su esplendor gracias al trabajo de los esclavos.
Hacia 1883 se establece en la Habana el pintor santiaguero Guillermo Collazo, que ha estudiado en New York. La gran sociedad habanera se fascina con las creaciones del artista, especialmente con un cuadro llamado La Siesta. La obra representa el portar trasero de un pequeño hotel de veraneo del Vedado, donde una dama reposa a mediodía no lejos del jardín que deja adivinar a lo lejos el mar, en la zona de la desembocadura del Almendares.
Como en un filme, nos mantenemos en el mismo sitio, pero disolvemos la imagen de la dama del cuadro para ubicar a otra, varias décadas después. Es Dulce María Loynaz, cuya familia es ahora propietaria de aquel sitio y de otras construcciones que lo rodean y desde el mismo lugar contempla el río, que ya no es un accidente geográfico sino el símbolo de pertenencia a una ciudad que ella, que será poetisa del mundo, concibe como tan suya que jamás querrá alejarse, ni en las mayores adversidades, de ella:
Él no tiene horizontes de Amazonas Ni misterio de Nilos, pero acaso ninguno le mejore el cielo limpio ni la figura de su pie y su talle. Suelto en la tierra azul… Con las estrellas pastando en los po- treros de la Noche… ¡Qué verde luz de los cocuyos hiende y qué ondular de los cañaverales!
………………………………………
Yo no diré qué mano me lo arranca, ni de qué pie- dra de mi pecho nace: Yo no diré que sea el más hermoso… ¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!4

Las generaciones se suceden y a los autores de la primera promoción de la vanguardia, donde se ubica bien que de manera singular Dulce María, viene a su- cederles una segunda hornada, que comienza a darse a conocer en los años 30. Entre ellos hay un estudiante de Derecho, José Lezama Lima, quien comienza por forjar poemas harto influidos por Federico García Lorca y otros autores de la llamada Generación del 27 en España. En ellos aparecen con harta frecuencia la Plaza de la Catedral y el propio edificio religioso que a partir de entonces volverá una y otra vez a aparecer en su escritura como el signo imantador de toda la ciudad. Voy a abstenerme de repasar los poemas juveniles y tomarme la licencia de citar un fragmento de su conferencia «La curiosidad barroca» perteneciente al ciclo La expresión americana que pronunció en el Palacio de Bellas Artes entre el 16 y el 26 de enero de 1957. Como en la singular obra de Lezama no sabemos dónde comienza la poesía y dónde da lugar a la prosa, podemos admirar esta metafórica visión catedralicia:
Frente o amigada, quién lo pudiera decir, al natural envío marino, la piedra catedralicia intenta repetir las primeras evocaciones del Génesis, sólo que aquí el espíritu riza la piedra en una espiral presuntuosa que se va acallando en la curva, donde se confunde como en un tranquilo océano final. Qué habanero en un día de recorrido de estaciones, de fiesteo navideño, o de plegado secreto por el San Cristobalón, no se ha detenido, después de aquel majestuoso ademán, verdaderamente cardenalicio, de la piedra en un fugato, en el pequeño, sonriente, amistoso balcón, que se entreabre entre el extendido orgullo de la piedra.5
Sin embargo, sería otro poeta de esa generación, Eliseo Diego, quien lograría el más extenso y alto discurso dedicado al paisaje urbano habanero, con su libro iniciático En la Calzada de Jesús del Monte (1947). Una avenida que fue antes un viejísimo camino, con sus edificios y habitantes es consagrado para la poesía en este cuaderno excepcional donde se dan la mano la nostalgia, el fervor y la añoranza histórica:
En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo cansa mi principal costumbre de recordar un nombre, y ya voy figurándome que soy algún portón insomne que fijamente mira el ruido suave de las sombras alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma.6
Como en contrapunto se levanta la voz del joven Gastón Baquero, con el tono metafísico y angustiado de «Testamento del pez». El escritor está ferozmente atado a la ciudad en la vida y en la muerte:
Yo soy un pez, un eco de la muerte, en mi cuerpo la muerte se aproxima hacia los seres tiernos resonando,
y ahora la siento en mí incorporada,
ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo, me estoy volviendo un pez de forma indestructible, me estoy quedando a solas con mi alma,
siento cómo la muerte me mira fijamente, cómo ha iniciado un viaje extraño por mi alma, cómo habita mi estancia más callada,
mientras descansas, ciudad, mientras olvidas.7
Los poetas que comenzaron a publicar en los años 50 buscaron diferenciarse de voces tan poderosas como las del grupo Orígenes con la ayuda del surrealismo y de una pose rebelde, desacralizadora frente a la tradición. La irrupción revolucionaria en 1959 potenció esas actitudes. La mirada a la ciudad ya no va tanto a lo monumental, a lo aristocrático, a lo que pertenece a un añejo patrimonio, sino a lo popular y muchas veces a lo bajo, lo sucio, a la expresión del descuido y la miseria. Así sucede en el poema «12 y 23», una especie de imagen documental de esa concurrida esquina de la ciudad en un poema de versos largos y libres escrito por Fayad Jamís y colocado al final de su libro Abrí la verja de hierro (1973):
En 12 y 23, en El Vedado, te golpea el tufo de comidas
que los dioses ignoran, las excavadoras rompen un pedazo de calle
y una tierra roja se abre como una herida. La multitud avanza presurosa,
hay mirones clavados en las aceras. Te detienes a contemplar esos
carteles hermosos como dragones antillanos devorando
helados de fresa.8
En esos versos hay a la vez fascinación y extrañamiento, pero estos son conducidos y sobrepasados por una certeza de pertenencia como demuestran los versos conclusivos:
Este no es el centro
del mundo pero es el centro de mi mundo, el centro de la ciudad más clara
de la tierra, un lugar en que se cortan dos calles que nacen en el mar
y mueren en la violencia de la lluvia, en la limpia ciudad de la muerte.
Este es el centro de mi mundo. Este es acaso el verdadero centro del mundo.9
Así podría llegar hasta los poetas de hoy, pero voy a detenerme en alguien del ayer inmediato, particularmente en un libro publicado en 1997, a punto de concluir el siglo XX y titulado, no por gusto, Habana del Centro que contiene la poesía de Fina García Marruz desde inicios de los años 70. De su primera sección, que lleva el mismo nombre del libro tomo el ejemplo con que quiero despedirme; se trata de un poema en prosa llamado «La gota de agua de la Habana Vieja». Fina, cantora de los objetos, sitios y personas de apariencia humilde y convencida de que nada carece de belleza en este mundo, sino que es necesario saber descubrirla, se ocupa de esa especie de tabú urbano que es la gota de agua que puede caer al paseante des- de algún balcón, azotea o barbacoa habanera y que, dado su origen desconocido, produce una mezcla de asco y pánico en quien la recibe sobre su cuerpo:
Cuidado a los que caminan por las calles estrechas de la Habana Vieja —oficina, imprenta, ministe- rio, pastelillos de aroma color violín—, cuidado, que pueden ser de pronto sorprendidos por la gota de agua que desciende de unos altos, […] cuidado con esa gota de agua que está siempre allí suspen- dida como una amenaza, cuidado […] No vayan los que no sepan de ese bautismo esencial, moles- tia y orgullo de sus iniciados, a uno de sus más diáfanos misterios.10
El poema nos crea un sobresalto. La gota es a la vez contaminación, mácula y bautismo. Es un riesgo y una iniciación. Y es que, para ella, la verdadera Habana es eso, una sustancia confusa que se mezcla con el paseo venturoso. No es solo lo clásico, como en el soneto de Plácido, ni la miseria y la violencia que, cada uno en su época registraron Escobedo y Jamís, tampoco es la dimensión mítica que Loynaz y Lezama otorgan a un río o a un edificio, sino algo mucho más complejo, es una totalidad que es preciso aceptar en su mezcla de lo más alto y lo más bajo:
Esa gota de agua sola contiene, en su triple esencia, algo que no sabíamos, que sí sabíamos, de esta Habana Vieja, en ella quintaesenciada —orín de niño, riego del balconcillo pobre, lágrima—, saludo desatendido con que la calle premia, como puede, nuestro paseo de amor por su luz alta y repartida, siempre festejando al blanco y al azul detenidos en la vidriera, o a su salpicadura entre el olor del marisco podrido y el barco que va a zarpar.
Tal vez ese no sea el más grande de los poemas que he citado, pero sí aquel que yo, nacido en el Camagüey, pero paseante inveterado de La Habana y ahora habitante de ella, percibo como más cargado de verda- des y a la vez de olores, texturas y complicidades sobre una ciudad lo suficientemente vasta como para que ningún poeta hasta ahora haya podido hacer resonar en un poema todos sus registros.
Nota:
- Fray Alonso Gregorio de Escobedo: La Florida. Nueva York, Academia Norteamericana de la Lengua Española, Colección Plural Espejo, 2015, p. 417.
- Marquesa de Jústiz de Santa Ana [Beatriz de Jústiz]: Dolorosa métrica expresión del sitio y entrega de La Habana. Antología de la poesía cubana. Selección, prólogo y notas de José Lezama Lima. Tomo I (Siglos xvii-xviii), La Habana, Bi- blioteca de Autores Cubanos, Consejo Nacional de Cultura, 1965, p. 156.
- Gabriel de la Concepción Valdés: «A la Fuente de la India Habana». Flor oculta de poesía cubana. La Habana, Bi- blioteca Básica de Literatura Cubana, Editorial Arte y Lite- ratura, 1978, p. 98.
- Dulce Loynaz: «Al Almendares». Poesía completa.
La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1993, p. 87.
- José Lezama Lima: «La curiosidad barroca». Confluen- cias, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1988, p. 243.
- Eliseo Diego: En la Calzada de Jesús del La Haba- na, Ediciones Orígenes, 1947, p. 11.
- Gastón Baquero: «Testamento del pez». Diez poetas cubanos (1937-1947). Antología y notas de Cintio Vitier. La Habana, Ediciones Orígenes, 1948, p. 124.
- Fayad Jamís: «12 y 23». La pedrada. Selección poética (1951-1973). La Habana, Editorial Letras Cubanas, Colección Giraldilla, 1981, p. 188.
- Ibid, 192.
- Fina García Marruz: «La gota de agua de la Haba- na Vieja». Habana del Centro. La Habana, Ediciones Unión, 1997, p. 19.


