Bien, acabas de ser bautizado. ¿Y ahora, qué?

Por: Alberto García Fumero

Familia bautizando a niña
Familia bautizando a niña

Joven, primero que todo, felicitaciones por el paso que has dado, este de reconocerte y aceptarte como hijo de Dios. Una vez más, bienvenido a la Iglesia. Tu Iglesia; nuestra Iglesia.

Y ya que estamos aquí, me gustaría que conversáramos un poco sobre cómo será tu vida a partir de ahora. Que no quiere decir que no hayas empezado a cambiar desde mucho antes, desde el momento en que comenzaste a asistir a la catequesis. Pero ahora se te abren nuevos horizontes y muy posiblemente te aparezcan nuevas perspectivas. Y no está de más, en estos tiempos de Sínodo, que pensemos en estas cosas.

Te invito a mirar los dos juntos.

» No es solo recibir

El bautismo no es simplemente algo que recibimos de forma individual y que nos «equipara» a otros que nos precedieron. Se trata de algo comunitario; un don para toda la Iglesia que al ser recibido por el individuo, este a su vez lo comunica, lo irradia, a toda la iglesia, pues así como todas las comunidades eclesiales son locales, por su unión con las demás constituyen una sola Iglesia. Así el bautizado, en unión con sus hermanos, es Iglesia. (¿Somos capaces de ver aquí también la sinodalidad?)

» Ser Iglesia no solo los domingos

No seamos como aquellos que según parece al regresar de la misa se han dejado a Dios allá, en la Iglesia.

Esto es, en tu vida diaria, en tu trabajo o escuela, de camino, hasta en la cama de un hospital, si vamos a eso —Dios no lo quiera— ha de notarse qué somos. No se trata de la apariencia. Los creyentes de otras religiones y confesiones suelen vestirse de manera tal que se les identifica. También nosotros pudiéramos hacerlo. No hay nada en contra. Ahora bien: la cosa no va en el tamaño del crucifijo que te cuelgues del cuello. Tampoco va en cuántas estampitas de santos tienes o cuántos rosarios rezas. Debe notársete por encima de la ropa que eres cristiano. ¿Cómo? Pues aquí aplica aquello de «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Si te comportas cristianamente —no perdamos de vista que nuestro comportamiento es nuestra carta de presentación— estarás mostrando que la semilla cayó en tierra buena y ha fructificado (Mt 13,8).

No se circunscriba nuestro comportamiento solamente a nosotros mismos. No se es plenamente cristiano viviendo en una torre de marfil, aislado de todo y de todos. «Obras son amores y no buenas razones», dice el refrán.

A cada cual su carisma. Y debemos utilizarlo, no guardarlo. Recordemos la parábola del amo que antes de partir de viaje entregó a cada uno de sus sirvientes una suma de dinero para que la invirtieran y lograran ganancia (Mt 25, 14-26). Pregúntate: ¿en qué puedo ayudar al prójimo? ¿Cómo puedo ser útil a mi iglesia (y de paso a toda la Iglesia, con mayúsculas?)

» ¿Tengo deberes, entonces?

Sí, de seguro. El primero, y más importante: ser testigos. Testigos de Cristo. Ser cristiano implica dar testimonio en el mundo.

Echemos un vistazo a la exhortación apostólica postsinodal Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo,1 la Christifideles laici de San Juan Pablo II. (página 93): «los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y la misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo». Más adelante, la exhortación2 precisa: «En verdad el imperativo de Jesús: “Id y predicad el Evangelio” mantiene siempre vivo su valor y está cargado de una urgencia que no puede decaer. Sin embargo, la actual situación, no solo del mundo sino también de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún discípulo puede escamotear su propia respuesta:

“¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (I Co 9, 16)».

En esto es importante tener en cuenta que no es imprescindible salir a importunar con un proselitismo agresivo que espante a todo el que nos pase por al lado. San Francisco de Sales decía: «no hables de Dios a aquellos que no te preguntan, pero vive de tal manera que deseen preguntarte».

» El hombro es también parte de la fe

Ciertamente la fe, como habrás visto en Hebreos 11, 1 «es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven.» Por ello creemos y tenemos confianza en la palabra de Dios. Ahora bien, tener fe, fe verdadera, implica obrar. Bien se dice en la carta de Santiago 2,17: «Así también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma».

De ahí que el hombro en cierto modo se vuelve parte de la fe. Hombro para ayudar a empujar hacia adelante tantas obras que lo necesitan; hombro para sostener esfuerzos e iniciativas —no importa cuán grandes o pequeñas sean— en bien de los necesitados. En bien de ti mismo, igualmente. Que en fin de cuentas, al igual que la ley de acción y reacción de la física, las buenas obras ejercen una acción sobre nosotros mismos. Nos acercan a donde queremos llegar.

Y muy importante también hombro para sostener, apoyar y consolar a tus hermanos. Consolar, acompañar, dar ánimo, «remendar el alma», como decía el inolvidable Cantinflas en uno de sus filmes, es también parte de las obras que nos definen como cristianos.

Familia bautizando a niña

» Aceptar el cristianismo como un todo

El cristianismo no puede ser aceptado a pedazos. Los mandamientos que decimos guardar, las enseñanzas de la Iglesia, constituyen un todo indivisible. No vale decir: «esto no, aquello sí». Como dijo en una ocasión nuestro párroco en la Catedral, el cristianismo no es una mesa de buffet donde escogemos el plato que más nos gusta. Y ello significa que muy posiblemente debamos cambiar algo —a veces bastantes cosas— en nuestra conducta anterior a partir del momento en que nos reconocemos hijos de Dios.

Puede ser que ello implique levantarnos un poco más temprano de lo que quisiéramos para ir a misa. Y participar activamente, no echando miradas de reojo al celular cada tanto. Renunciar a una salida a la playa. O tomar más en serio las cosas. Ayudar cristianamente a alguien «que te cae mal», pero es un ser humano necesitado de ayuda. Dar limosna, si nos es posible.

» Estudiar nuestra fe

Y claro que debemos estar convencidos y preparados para dar razón de nuestra fe (1 Pe 3,15). Al menos, como preconizaba San Agustín, hacer entrever a quien nos pregunte que la posibilidad de existencia de un Dios creador no es ajena a la razón, y que merece ser considerada. Rem tene, verba sequentur,3 decían los antiguos.

Ello implica que nuestra instrucción no termina con la catequesis. Porque sería como quedarnos en la enseñanza primaria. Y no dudes que muchos te preguntarán, tanto de buena fe como para ponerte a prueba. Habrá preguntas que te será fácil responder; otras no tanto. ¿Te menciono algunas? Veamos: ¿Hace falta Dios? ¿Y tú crees en los milagros? Pero la ciencia dice… Dios, sí, pero ¿por qué ese y no otro? ¿Dónde dice la Biblia que…?

¿Qué ejemplo daríamos si no tuviéramos alguna respuesta que dar? Consulta con tu párroco y él sin duda te sugerirá por dónde empezar a estudiar.

» A modo de conclusión

Espero que estos temas que hemos conversado no te resulten un diluvio de exigencias e imposiciones. Puedo asegurarte que cada palabra ha sido sopesada y meditada antes de ir al papel. Ciertamente, ser cristiano es cosa seria, y muchos han pagado incluso con la vida su compromiso. No es nuestro caso; aquí estamos y podemos hacer mucho bien. Acojamos el mensaje de la parábola: «Id también vosotros a mi viña» (Mt 20,4) y recibamos nuestra paga en nombre de Dios.

 

Notas:
1 Ediciones Paulinas-39a edición, 2018.
2 Ob. cit. Pág. 94.
3 Ten los hechos; las palabras ya vendrán (latín).