Catolicismo, nacionalismo y marxismo en el II Congreso Nacional de Historia (1943)

Por: Félix Julio Alfonso López

Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964).

Tras el éxito del Primer Congreso Nacional de Historia, celebrado entre los días 8 y 12 de octubre de 1942 en La Habana, la segunda reunión académica de los historiadores cubanos, que originalmente correspondía transcurrir en Matanzas y Cárdenas, sesionó finalmente en la capital en idénticas fechas de 1943, bajo el lema de «Historia y cubanidad». En afirmaciones de su principal promotor, el Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, para el diario El Mundo, se reconocía la importancia y actualidad de la celebración de esta cita de intelectuales en medio de la guerra mundial contra el fascismo: «El Segundo Congreso Nacional de Historia está muy lejos de constituir un cónclave de diletantes que se entretienen en especulaciones bizantinas, sino una reunión de hombres conscientes del grave momento histórico, y que ponen su autoridad científica y su esfuerzo superador al servicio de la lucha contra las manifestaciones de la tiranía y opresión más salvajes. La Historia en cuanto lo que ella significa de combate de los pueblos hacia la libertad y el progreso, es lo que nos interesa».1 El escenario bélico, la defensa de los valores democráticos y liberales, y la oposición al eje nazi-fascista, quedaron explícitos en la Declaración de Principios del congreso, en la cual se hacía un llamado a la solidaridad latinoamericana frente a las dictaduras foráneas y domésticas, al tiempo que se lamentaba el encarcelamiento de líderes progresistas como Luis Carlos Prestes en Brasil y Victorio Codovilla y Benito Marianetti en la Argentina. También el congreso hacia un llamado a la descolonización de América y se pronunciaba a favor de la independencia de Puerto Rico, en tanto «es un derecho inalienable de ese pueblo hermano que debe gozar a plenitud y en el más breve plazo».2

Este ambiente de doctrinas antifascistas y democráticas, había propiciado un acercamiento entre las diferentes corrientes políticas y de pensamiento cubanas, lo que unido al espíritu ecuménico de Emilio Roig y de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, explica la presencia en el cónclave de historiadores católicos, nacionalistas de izquierda y de derecha, y varios intelectuales de ideas marxistas, los que debatieron asuntos diversos de la historiografía cubana con énfasis en la exposición de tesis revisionistas del pasado insular, en particular sobre los procesos independentistas del siglo XIX.

A diferencia del primer congreso, el objeto de análisis en 1943 sería exclusivamente la historia de Cuba y los movimientos, hechos y personajes de la historia de América o universal que se relacionaran directamente con aquella. De igual modo fue señalada la conmemoración de los 250 años de la fundación de Matanzas, la revaloración de las luchas independentistas cubanas y el centenario del primer descubrimiento arqueológico de Cuba. El erudito, bibliógrafo y patriota matancero Carlos Manuel Trelles y Govín debió ser el Presidente de Honor de aquella cita, pero motivos de salud determinaron su relevo por monseñor Eduardo Martínez Dalmau, Obispo de Cienfuegos y miembro de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, entidad organizadora del congreso.

Esta designación estaba en armonía con la voluntad de Roig y algunos de sus partidarios de acercarse a la Iglesia Católica cubana, como fue evidente en la visita que le hicieron Roig, Herminio Portell Vilá y Mario Guiral Moreno al Arzobispo de La Habana, Manuel Arteaga Betancourt, para invitarlo a la sesión de apertura. Pocos días antes del inicio de la conferencia, Emilito le reveló a Martínez Dalmau detalles de aquella entrevista:

 

Le hicimos presente que esa invitación obedecía al cubanismo del Congreso y al democratismo del mismo, con todo lo cual sabíamos estaba identificado como prelado cubano, y además la circunstancia de que, para honrar a Cuba y a la Iglesia, católica y cubana, lo habíamos elegido a Vd. Presidente del Congreso (…) nos sirvió de introductor el P. Viña, a quien antes yo había explicado la necesidad de que Monseñor Arteaga asistiera, como justa correspondencia a la posición respecto al clero cubano que había adoptado la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales y especialmente Ortiz, Portell y yo.3

 

Eduardo Martínez Dalmau (1893-1987).

Influyó también el hecho de que Roig y el obispo poseían una marcada afinidad intelectual, concerniente a la figura del padre Varela, sobre quien mantuvieron un fluido intercambio epistolar en los meses previos y posteriores a la celebración del congreso. Para realizar sus indagaciones varelianas, Martínez Dalmau había obtenido la ayuda bibliográfica de Roig, quien le facilitó copia de una rara obra de Varela titulada Observaciones sobre la constitución política de la Monarquía española, propiedad de Salvador Vilaseca. Roig también le prestó ejemplares del periódico El Habanero, pertenecientes a la biblioteca de don Fernando Ortiz, y reproducciones de artículos suyos publicados en la revista Carteles en 1935, en los que al decir de Roig: «descubro a la generación actual el independentismo revolucionario de Varela, proclamándolo el primer intelectual cubano que propugnó la separación absoluta de Cuba de España, mediante la revolución, para que nuestra patria alcanzara justicia y libertad».4 Además, Roig tenía conocimiento de que Martínez Dalmau preparaba una reedición de la biografía de Varela de José Ignacio Rodriguez, con prólogo y notas del obispo, y se ofrecía a publicarla.5

En carta fechada el 17 de junio de 1943 resulta indudable la complicidad entre ambos, al punto que Martínez Dalmau le dice a Roig: «Cuando tenga tiempo, escríbame algunas letras EXTRA OFICIA- LES (sic), y hónreme con su amistad, que yo aprecio como Menéndez Pelayo y el insigne Pereda la del grande Galdós».6 En su misiva aceptando presidir el congreso, el obispo le expresó a Roig: «Considero imprescindible deber cubano en todo tiempo y singularmente en la hora presente, contribuir en la medida de las fuerzas propias, a la patriótica tarea de esclarecer y mantener incólume el sagrado depósito de nuestra Historia nacional (…) Ruégole haga saber a todos el sentimiento de mi gratitud por una designación que tanto me honra, y que haré cuanto en mis manos esté porque el Segundo Congreso Nacional de Historia sea un jalón más en el camino de la glorificación de nuestros valores históricos patrios».7 El historiador habanero le respondió para agradecerle su asentimiento: «Los conceptos con que Vd. nos responde son el mejor estímulo para la labor que nos aguarda y que, como Vd. tan justamente ha precisado, quiere ser, ante todo, de aquilatación y glorificación de nuestros valores patrios. Nombramos al Dr. C. M. Trelles, movidos del deseo de honrar a un meritísimo intelectual matancero, pero, aun lamentando la causa, nos felicitamos de que las circunstancias nos hayan permitido otra designación que tiene mayor alcance y significación en el momento actual».8

Que un alto dignatario de la Iglesia Católica encabezara la reunión, fue explicada por Roig a los asistentes al concilio, por su condición de sacerdote e historiador, miembro de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales y socio correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba, a la que había ingresado con un trabajo titulado «La política colonial y extranjera de los reyes de la Casa de Austria y Borbón y la toma de La Habana por los ingleses», con cuyas tesis el Historiador de la Ciudad se sentía identificado. En sus palabras, Roig señaló: «Monseñor Eduardo Martínez Dalmau es autor de muy valiosos trabajos históricos llenos de hondo sentido de cubanidad que le han distinguido como patriota ilustre, liberal y progresista, que honra al episcopado y al clero católico nacional, y que en las presentes circunstancias que vive la humanidad, ha proclamado su fe democrática frente a la barbarie del nazismo y de sus aliados fascistas, falangistas y nipones».9 Un cercano colaborador de Roig, el poeta comunista Ángel Augier, se expresó en parecidos términos cuando afirmó: «El hecho de que presidiera el Segundo Congreso Nacional de Historia un distinguido historiador y sacerdote cubano, el obispo de Cienfuegos Monseñor Eduardo Martínez Dalmau, constituyó una vigorosa definición progresista y democrática».10

Completaban la Mesa Ejecutiva del Congreso, en representación de las provincias e instituciones concurrentes: Pedro García Valdés (Pinar del Río); José A. Treserra (Matanzas); Humberto Arnáez (Las Villas); Felipe Pichardo Moya (Camagüey y Junta Nacional de Arqueología y Etnología); Alberto Boix Comas (Oriente, Sociedad de Geografía e Historia de Oriente y Grupo Humboldt); Joaquín Llaverías (Archivo Nacional); Gerardo Castellanos García (Academia de la Historia de Cuba); Luis Rodolfo Miranda (Agrupación Pro Enseñanza de Hechos Históricos) y Juan Antonio Cosculluela (Grupo Guamá).

Como secretario general fungió Emilio Roig, auxiliado por Raquel Catalá, Jenaro Artiles y Ángel Augier, trabajadores todos en ese momento de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Como presidentes de secciones se desempeñaron Manuel Isidro Méndez (Historia de Cuba); Joaquín Llaverías (Revaloración de las luchas por la independencia); Francisco Müller (Historia de acontecimientos, lugares y personajes de la provincia de Matanzas) y René Herrera Fritot (Prehistoria).

Algunos de los congresistas de mayor relieve fueron Fernando Ortiz, José Maria Bens Arrarte, Ma- nuel Bisbé, Fernando Boytel Jambú, Luis J. Bustamante, Pedro Cañas Abril, Enrique Caravia, Violeta Casal, César y Ulises Cruz Bustillo, Gregorio Delgado Fernández, Francisco Fina García, José Luciano Franco, Juan Emilio Fríguls, Enrique Gay Calbó, Antonio Hernández Travieso, Eduardo y Julio Le Riverend Brusone, Antonio María Maicas, Francisco Marín Villafuerte, Leví Marrero, Salvador Massip, Felipe Martínez Arango, Conrado Walter Massaguer, Arístides Mestre, Fermín Peraza, Carolina Poncet, Francisco José Ponte Domínguez, Herminio y Heriberto Portell Vilá, Fernando Portuondo, José Antonio Portuondo, León Primelles, Gonzalo de Quesada y Miranda, Domingo Ravenet, Carlos Rafael Rodríguez, César Rodríguez Expósito y Carlos de la Torre y Huerta.

La ceremonia inaugural tuvo por sede el Paraninfo de la Academia de Ciencias, cuya sala estaba abarrotada de público. Asistieron al acto el presidente de la República, Fulgencio Batista; el primer ministro Ramón Zaydin y el Consejo de Ministros en pleno; representantes del cuerpo diplomático extranjero; el Dr. Emeterio Santovenia, Presidente de la Academia de la Historia de Cuba; el ingeniero Mario Guiral Moreno, presidente de la Academia Nacional de Artes y Letras; el Dr. José A Presno, presidente de la Academia de Ciencias; monseñor Müller, en representación del arzobispo Arteaga y el Dr. Oscar Soto, secretario de la Administración Municipal, en representación del alcalde, Dr. Raúl García Menocal.

Hicieron uso de la palabra el Dr. José Antonio Treserra, secretario de la Junta de Cultura del Gobierno Provincial de Matanzas, quien disertó sobre dicha región en los dos primeros siglos coloniales (1508-1695);11 el Dr. Felipe Pîchardo Moya, director ejecutivo de la Junta Nacional de Arqueología, quien se refirió al primer hallazgo arqueológico producido en Cuba (el caney de muertos en la ensenada de Santa María, al sur de Camagüey, por el Dr. Bernabé Mola); y el Dr. Emilio Roig, con una conferencia titulada «La cubanidad en los congresos nacionales de historia», en la que el Historiador de la Ciudad agradeció la presencia del presidente Batista,12 y su apoyo a las actividades desplegadas por la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, a la que caracterizó como: «Institución en perenne desenvolvimiento, incansable en el cumplimiento de los fines para los que fue fundada, hace poco más de tres años, y que sus asociados aspiramos a superarnos más y más en el empeño, para nosotros jamás logrado totalmente, de divulgar la cultura, de aguijonear el ejercicio de la ciudadanía, de servir a nuestra patria y no servirnos de ella, según el apotegma martiano»13 y en cuyo seno «se agrupan hombres y mujeres de diversas ideologías, pero unidos fraternalmente por el amor a Cuba, por la fe democrática, por la devoción a la libertad y el progreso, por la ausencia total de taras discriminatorias, por amplio espíritu de solidaridad americana, y por la repulsión a todo reaccionarismo despótico y explotador, ya lleve la máscara del viejo absolutismo, ya la del moderno totalitarismo». En otro momento del discurso, Roig realizó un extenso panegírico sobre la vida y obra historiográfica de su gran amigo, recientemente fallecido, el Dr. Francisco González del Valle.

Finalizó el acto inaugural el discurso de monseñor Martínez Dalmau, titulado «La posición democrática e independentista del Pbro. Félix Varela». Antes de leer su disertación, el obispo realizó una asombrosa comparación entre las figuras de Varela y el presidente Batista: «Félix Varela fue el primer cubano que proclamó y exigió la independencia total de nuestra patria; fue el primer revolucionario, caudillo espiritual de Cuba; y yo os veo aquí a vos que sois también un caudillo, jefe de una revolución cubana, que se distingue y señala por su grande afecto a la cultura, como lo demuestran esas obras de las escuelas cívico rurales y de los asilos de campesinos, y además, por ese hondo sentimiento de humanidad que está en vuestro corazón y os hace velar noche y día, como un padre de la patria, por el avance de aquellas masas más humildes y abandonadas, que son las que viven en los campos de Cuba».14 El discurso de Martínez Dalmau fue recogido en el volumen Historia y cubanidad, y su objetivo era esclarecer aspectos polémicos de la vida del sacerdote a la luz de la ortodoxia católica. Allí declaró además:

He traído al congreso una memoria, demasiado extensa para ser leída aquí íntegramente, en que sostengo la cabal y perfecta ortodoxia filosófica y política de la totalidad del pensamiento patriótico de Varela. Creo urgente, y más que urgente, indispensable, que se publique una segunda edición de la vida del noble cubano para que sirva de ejemplo a católicos y no católicos, sacerdotes y seglares por igual. Y esa tarea es mi ocupación predilecta en estos tiempos en que, más que nunca, urge afianzar el sentimiento de la total y absoluta indepen- dencia cubana ante la agresión solapada de ciertos imperialistas rezagados que pueden llegar a convertirse en propio y verdadero peligro.

 

Curiosamente, el «imperialismo» al que se refiere el obispo no era ni el estadounidense ni el soviético, sino el de la España franquista, como queda explícito en su explicación de este asunto: «Porque no creo que la independencia total de Cuba y de las Américas en general se realice hasta que no nos hayamos olvidado, según la valiente frase de Varela en la página 55 de El Habanero “de que España ha tenido posesiones en las Américas”. Si esto es un pecado, señores congresistas, yo lo tengo, y lo tengo porque me lo ha enseñado mi grande y santo maestro: el P. Félix Varela. Quiero vivir de cara vuelta a las Américas y no hacia la llamada “Madre Patria”».

La extensa memoria a que se hace referencia, no es otra que la titulada «La ortodoxia filosófica y política del pensamiento patriótico del Pbro. Félix Varela», que Roig publicó junto a otro texto de su autoría sobre «Varela en “El Habanero”, precursor de la Revolución Cubana», como parte de la serie Vida y pensamiento de Varela, que dedicó al sacerdote independentista, en cuatro volúmenes de los Cuadernos de historia habanera.15 Dichos ensayos fueron reunidos en un libro de idéntico título al de la serie, en cuya «Nota preliminar» Roig reproduce la moción del congreso referida al tributo «de excepcional veneración» que debía rendirse al presbítero y agrega que dicho acuerdo había estado precedido por el «valiente y vibrante discurso» de Martínez Dalmau en el acto inaugural, en cuyo texto «aparecen ampliamente explicados los conceptos y juicios que su autor resumió en el aplaudidísimo discurso a que hemos hecho referencia».

Dio inicio el congreso con el homenaje a Martí al pie de su monumento en el Parque Central, ocasión en que la teósofa Raquel Catalá invocó las esencias de la doctrina patriótica y humanista martiana, y las puso en contraste con las realidades de la república; las mesas de trabajo sesionaron en el Palacio Municipal y la Casa Arrechabala fue la encargada del coctel ofrecido a los congresistas en su edificio de la Plaza de la Catedral; también se realizaron visitas al castillo del Morro y se realizaron actos frente a la estatua del generalísimo Máximo Gómez y de Antonio Maceo, en homenaje a todos los caídos en defensa de las libertades cubanas. De manera colateral, la Sociedad Colombista Panamericana invitó a los participantes del congreso a los actos en conmemoración del llamado Día de Colón, el 12 de octubre, y al homenaje nacional al marino de América, que contempló la entrega a la Armada Nacional de la bandera de combate en nombre del pueblo de Cuba, al primer cazasubmarino que hundió un sumergible enemigo.

Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964).

Algunas de las ponencias presentadas al segundo congreso fueron la de Julio Le Riverend sobre documentos cubanos y relativos a Cuba en archivos mexicanos; «Estudios sobre La Habana del siglo XVI», de José María Bens Arrarte; las tesis revisionistas de Rafael Soto Paz referidas a Saco, Martí y el padre de Ignacio Agramonte; «Cuba en el inicio de la revolución americana», de Jenaro Artiles; «Fundación de la ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas», por José Ángel Treserra; «El tabaco en Matanzas. Apuntes históricos», de José Rivero Muñiz; «La prensa y la organización obrera en Cuba durante la Guerra de los Diez Años», por José Antonio Portuondo; «La exposición de Matanzas de 1881», de Francisco Müller, y «Las cuatro culturas indias de Cuba», de Fernando Ortiz.

Un episodio polémico ocurrió cuando los congresistas visitaron el periódico Hoy, órgano de prensa del Partido Socialista Popular, donde Martínez Dalmau, Emilio Roig y una nutrida representación de los invitados fueron recibidos atentamente por su director, Aníbal Escalante, y el jefe de información, Vicente Martínez. Hicieron uso de la palabra Escalante, Roig y Martínez Dalmau, quien ratificó su idea de que «De vivir en nuestros tiempos, Varela no solo hubiera sido un verdadero campeón de la democracia, sino también un enemigo irreductible de los totalitarismos, porque estos regímenes son fundamentalmente ofensivos para la dignidad humana».16

En contraste con la cordialidad de esta visita, el Diario de la Marina colocó una foto y un titular acerca de la visita del obispo católico de Cienfuegos al periódico comunista, y tenía previsto publicar un artículo donde acusaba a Martínez Dalmau de rebelarse contra la Santa Sede al hacer acto de presencia en dicho diario partidista. Finalmente, el rotativo conservador trató de disminuir la importancia de la reunión llamándolo «el congreso del vacío», deploró la supuesta ausencia de profesores universitarios y doctos en la materia, y proclamó que su fin era «satisfacer a ciertos historiadores municipales y a sus divertidos amiguitos».17 Esta acusación era falsa y respondía a la antigua enemistad que tenía este periódico con el Historiador de La Habana.

A diferencia del Diario de la Marina, los principa- les periódicos y revistas habaneros como El Mundo, El País, Prensa Libre, Bohemia y Carteles le brindaron amplia cobertura al congreso. En Carteles, Roig publicó una extensa reseña bajo el título de «La triunfal

jornada del Segundo Congreso Nacional de Historia» y en carta dirigida a Sergio Carbó, director de Prensa Libre, le expresó: «El Segundo Congreso Nacional de Historia, organizado por la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales y por la Oficina del Historiador de la Ciudad, acordó, en su sesión plenaria celebrada el 10 de los corrientes, un efusivo voto de gracias a la prensa de nuestra capital que —con una sola excepción, muy explicable, dada la actuación progresista y constructivamente cubana del Congreso— ha contribuido, de manera tan entusiasta como efectiva, al éxito extraordinario alcanzado por el mismo».18

La clausura del congreso fue prevista para el Instituto Cívico Militar de Ceiba del Agua, ocasión en que el ministro de Defensa, Arístides Sosa de Quesada, ofreció una charla sobre las reliquias de Antonio Maceo, Enrique Gay Calbó expresó unas frases de agradecimiento y José Antonio Portuondo dijo las palabras de cierre del concilio. En su mensaje, el intelectual comunista hizo un recorrido por las diferentes épocas de la historiografía insular, subrayó el ademán pesimista y escéptico que prevalecía, incluso entre quienes habían sido actores y cronistas de la gesta libertadora, y explicó las razones de aquella actitud desencantada:

Este dolor y este pesimismo, este sentido de frus- tración y de derrota se imponen también como inevitable corolario en los trabajos realizados en nuestro país de acuerdo con las más nuevas consideraciones de la investigación y de la crítica histórica. Con la espléndida labor de Ramiro Guerra, de Herminio Portell Vilá, de Emilio Roig de Leuchsenring, de Emeterio Santovenia y muchos más, a la cual hay que añadir la serie de aclaradoras monografías de Fernando Ortiz, se inicia entre nosotros la fundamentación económica de los hechos históricos, para constatar nuestra dependencia del imperialismo norteamericano. La conclusión que se desprende de esos históricos trabajos no puede ser más pesimista: es como si el crecimiento nacional, que tiene que afianzarse en la independencia económica, se hubiera visto forzado a detenerse ante un valladar infranqueable: la expansión del capital monopolista norteamericano.19

 

El correctivo para superar esta situación de parálisis historiográfica estaría en ejercitar nuevos derroteros de investigación y análisis a la luz del marxismo «para rebasar este sentido pesimista que nos ahoga y limita». Según Portuondo, habría que hacer una nueva historia de Cuba bajo el dispositivo teórico del materialismo histórico y la lucha de clases, sin determinismos económicos de ninguna índole, y con la aspiración suprema, no de explicar el devenir de una clase social en particular, sino de realizar una «Historia del Pueblo Cubano». De tal manera: «la historia así entendida no será pesimista ni parcial ni antiheroica. Será el relato realista de los esfuerzos del pueblo cubano hacia formas de más altas y más justa convivencia. Mostrará a las más nuevas generaciones caminos hacia un futuro que aún hay que conquistar y que jalonan cada día, desde Enrique Roig y Baliño, hasta Mella y Rubén Martinez Villena, otros mártires y apóstoles que heredaron el ímpetu liberador y el sentido exacto de las circunstancias históricas de las figuras ejemplares de la burguesía revolucionaria».

Ángel Augier también se refirió a la presencia de un análisis marxista, sobre todo en las reflexiones acerca de las guerras de independencia y su revaloración histórica: «Con muy escasas excepciones, nuestros historiógrafos apenas han aplicado un riguroso método científico en la investigación y explicación de nuestro proceso; han ido a los hechos, más que a la raíz de los hechos. Las conclusiones sobre las guerras independentistas cubanas del Segundo Congreso Nacional de Historia, por el contrario, inauguran la aplicación de un criterio dialéctico pocas veces ensayado, analizando a la luz del materialismo histórico algunos de los puntos fundamentales en que descansa la dinámica de la revolución cubana».20

Como ejemplo de lo anterior, en dicha comisión el intelectual comunista Carlos Rafael Rodríguez propuso la siguiente conclusión, que fue tomada como acuerdo del Congreso: «la raíz más profunda de la guerra de independencia de 1868 se encuentra en las relaciones de propiedad y políticas entre los propietarios cubanos y la metrópoli española (…) desde el primer tercio del siglo XIX, las relaciones coloniales de España con Cuba chocaban ostensiblemente con el desarrollo de las fuerzas productivas y económicas de este país y con el crecimiento y poderío de la burguesía cubana».21

Otro compromiso derivado de una intervención de Carlos Rafael Rodríguez expuso que: «Al estudiar la lucha sobre las diferentes tendencias democráticas y las conservadoras en el seno del movimiento cubano del 68, no debe partirse del error de considerar como principal punto de referencia la discusión en torno al centralismo o institucionalismo democrático en la dirección de la guerra. El carácter avanzado o conservador de las tendencias que existieron en la revolución del 68 se manifiesta en las posturas ante los problemas fundamentales de la esclavitud, sistema de gobierno, problemas de la tierra, etc.»

En los análisis acerca de la guerra del 95, Roig propuso considerar que en la etapa que va de 1878 a 1895, los Estados Unidos habían desplazado a España como metrópoli económica de Cuba. Asimismo se pronunció en contra de la denominación de aquella guerra con el nombre de algunos de los alzamientos armados que tuvieron lugar el 24 de febrero de 1895:

«Nuestra guerra independentista de 1895 no puede denominarse ni de Bayate, ni de Ibarra, ni de Guantánamo, ni de Holguín, ni de Jiguaní, ni de Santiago de Cuba, ni de Baire, sino simplemente GUERRA DE INDEPENDENCIA DE 1895 (sic); y por su contenido ideológico: REVOLUCIÓN DE MARTÍ (sic), pero sin confundir dicha revolución con el movimiento armado a que dio lugar, y reconociéndose que la revolución, como tal, no triunfó y que sus ideales están en gran parte por realizar».22

Nuevas ideas revisionistas de Roig presentadas al congreso se referían al carácter popular de la guerra del 95; la visión martiana sobre el imperialismo estadounidense; el carácter de continuidad histórica existente entre la Guerra Grande y la del 95; el olvido de algunas ideas martianas durante el transcurso de la contienda, como fueron el carácter internacionalista y antimperialista que él perseguía y el hecho de que la victoria de las fuerzas mambisas era posible lograrlo con esfuerzos propios, ante la debacle militar y econó- mica de España: «Por consiguiente, contra el derrotismo, basado en una falsa visión de la realidad, que ha provocado un funesto complejo de inferioridad en nuestro pueblo, cabe asegurar que la Guerra de Independencia de 1895 fue una guerra victoriosa de Cuba contra España».23

Carlos Rafael Rodríguez (1913-1997).

En las conclusiones de los congresos estaba previs- ta la adopción de acuerdos, recomendaciones y mociones sobre cuestiones disímiles de contenido histórico, divulgativo, patriótico y patrimonial. Entre las iniciativas de la cita estuvo el tributo brindado al padre Félix Varela, quien fue proclamado «el primer revolucionario de Cuba» y se recomendó publicar sus obras completas, así como incorporar a estas importantes trabajos inéditos escritos por el Presbítero en idioma inglés y recién descubiertos. Igualmente se acordó proponer como tema de especial atención para el congreso de 1944 la conmemoración del centenario de la llamada Conspiración de La Escalera, sugerencia presentada por Ángel Augier, Francisco José Ponte Domínguez, José Antonio Portuondo, Manuel Isaías Mesa Rodríguez y Mario Guiral Moreno. Asimismo, hubo consenso en otorgar a la ciudad de Trinidad la sede del tercer congreso nacional de historia (además se consideraron las candidaturas de Remedios y Cienfuegos). Entre las propuestas destinadas a afianzar el sentimiento patriótico de los jóvenes, el Dr. Raúl Amaral Agramonte, profesor del Instituto de Segunda Enseñanza de Ciego de Avila, solicitaba al ministro de Educación declarar obligatoria la celebración de la Protesta de Baraguá en todos los planteles de enseñanza secundaria de la república.

El delegado Esteban Domenech Fernandez pidió ratificar la validez de la declaratoria de Monumento Nacional a la Iglesia Parroquial Mayor de Sancti Spirítus, aprobada en 1933, y colocar bajo esa misma condición la iglesia de Jesús Nazareno y el Teatro Principal; y el representante del Ateneo de Matanzas, Luis Rodriguez Rivero, solicitó interesar de las autoridades del gobierno un crédito de 10 mil pesos para adquirir un edificio propio. También fueron tomados acuerdos relativos a la publicación de las obras de Enrique José Varona y colocar una tarja en la casa del Paseo de Martí donde residió Fermín Valdés Domínguez y donde se instaló después el Centro de Veteranos de la Independencia. Además, los asistentes reiteraron su deseo de que fuera retirada de la Plaza de Armas la escultura de Fernando VII, y efectuar su posterior traslado al Museo de la Ciudad, así como apartar del espacio público otra estatua del mismo monarca que existía en Matanzas.

En un orden más relacionado con los contenidos científicos de estas reuniones, Julio Le Riverend propuso crear en futuros congresos una sección dedicada a examinar cuestiones de historiografía, las que debían considerar los siguientes aspectos: teoría de la historia (filosofía de la historia e historiología); técnica historiográfica teórica (organización del trabajo investigativo y organización de archivos); teoría de la historia en Cuba; estudios del modo de hacer historia de los autores cubanos (ideologías subyacentes, originalidad, escuelas, etc.). A la par se sugería a la Universidad de la Habana la creación de una cátedra de Filosofía de la Historia.

En resumen, esta segunda reunión de los historiadores cubanos afianzó el prestigio del joven evento y su carácter ecuménico, renovó el interés por las indagaciones en el pasado insular, sobre todo en aquellos aspectos polémicos o poco investigados de la época colonial y sirvió para exponer ideas revisionistas acerca de las guerras de independencia del siglo XIX, desde una óptica nacionalista de izquierda, como era el caso de Roig, o explícitamente marxista, como en los trabajos de José Antonio Portuondo y Carlos Rafael Rodríguez. Tuvo además la singularidad de estar presidido, por única vez, por un alto dignatario de la Iglesia Católica criolla, el obispo de Cienfuegos Eduardo Martínez Dalmau, quien años más tarde fue distinguido como Socio de Honor de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales «en virtud de haber presidido usted, honrándolo con sus elevados prestigios, el Segundo Congreso Nacional de Historia».24

Carlos Rafael Rodríguez (1913-1997).

Referencias:

 

  • «Declaraciones de Emilio Roig de Leuchsenring sobre el Segundo Congreso Nacional de Historia, para El Mundo», Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Informaciones periodísticas, La Habana, 8-12 de octubre de 1943, p. 8.
  • Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Historia y cubanidad, Municipio de La Habana, 1943,
  1. 39.
  • Carta de Emilio Roig de Leuchsenring a Eduardo Martínez Dalmau, 1 de octubre de 1943. Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Correspondencia general, La Habana, 8-12 de octubre de 1943.p. 336.
  • Carta de Emilio Roig de Leuchsenring a Eduardo Martínez Dalmau, 22 de septiembre de 1943. Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Correspondencia general, La Habana, 8-12 de octubre de 1943.p. 327. Los trabajos de Roig sobre Varela aparecidos en Carteles en 1935 fueron:

«El padre Varela, maestro de revolucionarios» (10 de mar- zo), «Certero juicio del padre Varela sobre los errores y defectos de los gobernantes y revolucionarios de 1824» (17 de marzo), «Persecuciones y peligros que pasó Varela por la publicación de El Habanero» (7 de abril) y «Varela quería a Cuba “tan isla política como lo es en la naturaleza”» (28 de abril),

 

  • Carta de Emilio Roig de Leuchsenring a Eduardo Martínez Dalmau, 11 de diciembre de 1943, en: Emilio Roig de Leuchsenring, Libro primero, La Habana, Ediciones Boloña, 2009, p. 307.
  • Carta de Eduardo Martínez Dalmau a Emilio Roig de Leuchsenring, 17 de junio de 1943. Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Segundo Congreso Nacional de Correspondencia general, La Habana, 8-12 de octubre de 1943.p. 323-324.
  • Carta de Eduardo Martínez Dalmau a Emilio Roig de Leuchsenring, 25 de setiembre de Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Correspondencia general, La Habana, 8-12 de octubre de 1943.p. 331-332.
  • Carta de Emilio Roig de Leuchsenring a Eduardo Martínez Dalmau, 27 de septiembre de 1943. Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Correspondencia general, La Habana, 8-12 de octubre de 1943.p. 333.
  • Emilio Roig de Leuchsenring, «La cubanidad en los congresos nacionales de historia», discurso en el acto inaugural del Segundo Congreso Nacional de Historia, en la Academia de Ciencias, el 8 de octubre de 1943. Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Historia y cubanidad, La Habana, 1943, p. 16.
  • Ángel Augier, «La obra revisionista y la proyección democrática del Segundo Congreso Nacional de Historia», CTC, La Habana, oct.-nov.-dic., 1943.
  • En este congreso se adoptó el acuerdo, firmado por Antonio María Maicas y Elio Leiva, de recomendar al Alcalde de Matanzas, el nombramiento del Dr. José Antonio Treserra como historiador honorifico de la ciudad de Ma-
  • En carta enviada por Roig a Batista, con fecha 4 de octubre de 1943, invitándolo a presidir el acto inaugural del congreso, le expresa: «Tenemos especial interés en que usted honre nuestra asamblea presidiendo dicha sesión con el prestigio de su muy alta investidura oficial y de su reconocida devoción patriótica, ya que media la circunstancia de estar dedicado el Congreso exclusivamente a temas de la historia de Cuba, con una sección consagrada a la revaloración de nuestras guerras de independencia; y por su doble condición de descendiente de un miembro del Ejercito Libertador y de primer magistrado de nuestra República, creemos que nadie más que usted debe presidir el acto con que demos apertura a nuestras labores», Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Correspondencia general, La Habana, 8-12 de octubre de p. 263. Ese propio mes, el 25 de octubre, Roig nuevamente se dirige a Batista para enviarle los dos volúmenes de la Memoria del Primer Congreso Nacional de Historia y le agradece: «por la decisiva cooperación, que en todo momento ha prestado a las labores y actividades de nuestra Sociedad, y de modo especial a los Congresos nacionales de Historia, dándole realce singular con su asistencia al Segundo, en este mes efectuado, y haciendo posible, con el aporte económico que Vd. facilitó la publicación de esta Memoria del Primero». Ídem, p. 302.
  • Emilio Roig de Leuchsenring, «La cubanidad en los Congresos Nacionales de Historia», Historia y cubani- dad, 9.
  • Eduardo Martínez Dalmau «La posición democrática e independentista del Pbro. Félix Varela», Historia y cubanidad, 21.
  • Véase: Vida y pensamiento de Félix Varela I-IV, Municipio de La Habana, 1944-1945. (Cuadernos de historia habanera 25-28)
  • «Cordial visita a HOY de los delegados al Segundo Congreso Nacional de Historia», Hoy, La Habana, 12 de octubre de 1943.
  • «El Congreso del vacío», Diario de la Marina, La Habana, 13 de octubre de 1943.
  • «Una bella carta del congreso de historia», Prensa Libre, La Habana, 20 de octubre de 1943.
  • «El discurso de José Antonio Portuondo», Hoy, La Habana, 20 de octubre de 1943.
  • Ángel Augier, «La obra revisionista y la proyección democrática del Segundo Congreso Nacional de Historia», cit.
  • Sociedad Cubana de Estudios Históricos e internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Informaciones periodísticas, La Habana, 8-12 de octubre de 1943,
  1. 272.
  • Emilio Roig de Leuchsenring, «Características, denominación y proyecciones de nuestra guerra de independencia de 1895», Sociedad Cubana de Estudios Históricos e internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Informaciones periodísticas, La Habana, 8-12 de octubre de 1943, pp. 280-281.
  • Emilio Roig de Leuchsenring, «Revaloración histórica de la última guerra de independencia cubana», Sociedad Cubana de Estudios Históricos e internacionales, Segundo Congreso Nacional de Historia. Informaciones periodísticas, La Habana, 8-12 de octubre de 1943, p. 287.
  • Carta de Emilio Roig de Leuchsenring a Eduardo Martínez Dalmau, 22 de agosto de 1943, en: Emilio Roig de Leuchsenring, Libro primero, La Habana, Edicio- nes Boloña, 2009, p. 401.