

Hay una descripción muy hermosa de Eusebio Leal Spengler en su libro Fiñes, en la que narra su primera visita a El Templete de La Habana, yendo de la mano de una señora llamada Estrella, que era la encargada de la casa de Hospital 660, donde aquel vivió toda su niñez y parte de su juventud. Citado en su texto por mi joven colega Ariel Gil Gómez, quien dirige la Casa Eusebio Leal Spengler, ese pasaje sería también el inicio de mi alocución hoy aquí, que juntos acordamos yo dedicaría al primer Historiador de la Ciudad: Emilio Roig de Leuchsenring, mientras él lo haría al segundo; o sea, a Leal. Pero he decidido cambiar mis palabras introductorias para ofrecer una contextualización del 503 aniversario de la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana, cuando por tercer año ya no está Eusebio, quien se nos fue unos pocos meses después de arribar al Quinto Centenario en 2019.
Ha sido la referencia de Nelson Crespo a la ciudad de Pompeya la que me ha hecho variar el texto que traía escrito y referirme al que yo considero el principal desafío que enfrentará nuestra patria local —o sea, La Habana— en los tiempos venideros. Parto de antemano que sostengo una visión patrimonialista cuyos referentes inmediatos son Leal y Roig, considerándolos los principales defensores de la habaneridad. A este concepto debemos dedicarle mayor atención porque se necesita hacerlo «operacional», como se diría con un enfoque sociológico, si bien tiene evidentemente un trasfondo emocional como carácter o condición de ser (o sentirse) habanero. No en balde ha sido más utilizado en sentido poético, sin tratar de racionalizarlo como categoría sociológica.
¿Cómo defender la habaneridad cuando tiene lugar un cambio de escenario debido a la irrupción de nuevas formas de propiedad privada en el Centro Histórico? Esa es una problemática que obliga a replantearse esa categoría bajo un enfoque patrimonialista. ¿Estamos preparados los habaneros para defender nuestra ciudad? Para encarar ese tipo de interrogantes se necesitan —en primer lugar— espacios de reflexividad como este, donde, aprovechando la libertad académica, pueda hablarse en tesitura filosófica y espiritual, como sucedía en el antiguo Seminario durante los mejores tiempos del Obispo Espada.
Por eso me permitiré romper el guion para introducir el término de «cosmopolitismo banal», que yo considero ahora mismo como el mayor peligro que se cierne sobre La Habana. Me refiero —siguiendo en principio al filósofo alemán Ulrich Beck— al fenómeno de mercantilización y de consumismo que se fomenta a través de los medios de comunicación globales. Pero, ¿acaso no existía ya ese cosmopolitismo banal en la época republicana, antes de 1959, cuando arreciaba la influencia del capital privado en la Habana Vieja debido a la especulación inmobiliaria que promovía el poder bancario? ¿De qué manera los intelectuales de entonces defendieron su ciudad amada?

Esta digresión introductoria a modo de interrogantes me permite revelar el por qué mi interés en la figura de Emilio Roig de Leuchsenring como configurador de la cultura histórica. Y es que, salvando las distancias, ahora mismo estarían produciéndose fenómenos negativos que necesitan la movilización de la ciudadanía, tal y como preconizó en su momento aquel primer Historiador de la Ciudad de La Habana. Gran parte de su prédica estuvo dirigida a cuestiones tales como la necesidad de un mejor gobierno y administración municipales, siendo estos inútiles o ineficaces cuando las autoridades no actúan en consonancia con los sistemas, las leyes y los reglamentos vigentes. O lo que es peor: cuando estas normativas se quedan en «papel mojado» o forman parte de una maquinaria burocrática y leguleya que las desvirtúan o enrarecen.
De particular interés resulta el desempeño del primer Historiador de la Ciudad a raíz de aprobarse el artículo 58 de la Constitución de 1940, según el cual la Junta Nacional de Arqueología y Etnología (JNAE) pasó a tener a su cargo la defensa, vigilancia y conservación del tesoro cultural de la Nación y la declaración de Monumentos Nacionales. Consecuentemente, el 26 de noviembre de 1940, Roig de Leuchsenring crea la Comisión de Monumentos, Edificios y Lugares Históricos y Artísticos Habaneros (CMELHAH), cuya función era asesorar a la Oficina del Historiador de la Ciudad, sugiriendo aquellas medidas que considerase útiles a la mejor conservación y restauración de los tesoros artísticos e históricos existentes en el Término Municipal de La Habana. Es así que, a sugerencia de la CMELHAH, se cumplió que la JNAE declarara Monumento Nacional a cuantos lugares, monumentos, palacios, iglesias, fortificaciones, ruinas, objetos… representaran para La Habana recuerdos estimables de otras épocas y poseyeran indiscutible valor histórico y artístico.
Opuesto al designio de que la iglesia de Paula fuera demolida a exigencia de su propietaria estadounidense —la compañía Ferrocarriles Unidos—, Roig de Leuchsenring encabezó entonces uno de los movimientos más significativos en la historia del rescate, restauración y conservación del patrimonio autóctono. Tras lograr hábilmente que dicho inmueble fuera declarado Monumento Nacional en 1944 por la JNAE, presidida por Fernando Ortiz, los intelectuales cubanos desarrollaron una intensa campaña mediática en defensa de esa joya histórica y arquitectónica. Su principal portavoz fue el Historiador de la Ciudad, quien publicó en la revista Carteles artículos tales como «¡Salvemos la iglesia de Paula!» (9 de agosto de 1944) y «Salvemos definitivamente la iglesia de Paula» (8 de febrero de 1945), exhortando en este último trabajo a formar la agrupación «Amigos de la iglesia de Paula». Aun así, persistía el peligro de demolición si no se actuaba de inmediato.
Fue entonces que se tramitó in extremis por la JNAE un expediente de expropiación forzosa de ese Monumento Nacional, según estipulaba la recién promulgada legislación al efecto. Ese recurso legal fue iniciado el 29 de marzo de 1946 y quedó aprobado en auto del 19 de julio, en el cual se fijó precio a esa propiedad privada. El Estado cubano tomó posesión de la misma el 8 de agosto de 1946, pero no fue hasta el 28 de febrero de 1956 —o sea, diez años después— que firmó la escritura de venta e indemnizó a Ferrocarriles Unidos. En octubre de ese mismo año se convirtió en la sede del Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas (IMIF), creado en 1949 por el músico Odilio Urfé.

La iglesia de Paula ha sido el primer y único caso de expropiación forzosa de un inmueble patrimonial en la historia de Cuba. Por solo ese motivo pudiera considerarse una de las contribuciones más importantes de Roig de Leuchsenring a la salvaguarda de la habaneridad. Pero en mi opinión la contribución más importante —yo diría, crucial— fue el Museo Municipal de La Habana. Su creación fue acordada precisamente en la sesión inaugural de la CMELHAH, celebrada el 17 de diciembre de 1940, pero no fue hasta el 13 de agosto de 1942 que el Ayuntamiento acordó crear dicho museo, designando como su director al propio Historiador de la Ciudad. Un mes después abrió su primer salón, único que pudo tener en el entresuelo del Palacio Municipal, antiguo Palacio de los Capitanes Generales, hasta que fue trasladado hacia el Palacio de Lombillo en la Plaza de la Catedral. Esta segunda sede fue inaugurada el 22 de diciembre de 1947 y aquí radicó Roig de Leuchsenring hasta su fallecimiento, el 8 de agosto de 1964.
Unos años antes, todo hace indicar en 1960, en esta misma casona colonial Eusebio había conocido personalmente a Emilito por intermedio de su esposa y secretaria, María Benítez, quien contribuiría como nadie a que ese joven locuaz se convirtiera en el próximo Historiador de la Ciudad. Este sería —por tanto— uno de los motivos por el cual Leal también escogió a Lombillo como su segunda sede personal, donde radicó desde 2001 a 2007, trayendo consigo al Plan Maestro y la revista Opus Habana.
Tras su fallecimiento, el 31 de julio de 2020, una de mis primeras decisiones personales fue pedir que nuestra publicación retornara al entresuelo de esa edificación emblemática. De esta manera, podría escribir la historia aún no contada del Museo Municipal de La Habana como el espacio donde confluyeron los dos grandes defensores de nuestra ciudad amada. Esta versión revisada de mi alocución para Espacio Laical es un adelanto de esa intención a la que hoy dedico mis mayores esfuerzos.


