Civilización y decadencia en el discurso republicano de Carlos M. Trelles y Govín

Por: Félix Julio Alfonso López

Carlos Manuel Trelles
Carlos Manuel Trelles

 

 

No fueron pocos los intelectuales cubanos críticos de los sucesivos gobiernos entre el fin de la dominación española (1899) y la administración de Alfredo Zayas (1902-1925) y sus negativas consecuencias políticas, económicas, sociales y culturales. Un momento particularmente sensible de la crisis del modelo neocolonial, entre abril de 1923 e idéntico mes de 1924, propició la aparición de varios textos que examinaron el reciente devenir republicano bajo diversas perspectivas analíticas: progreso, retroceso, evolución, decadencia, crisis política y supervivencia colonial. Sus autores fueron el bibliógrafo matancero Carlos Manuel Trelles y Govín (1866-1951),1 el de mayor edad en este grupo, y tres coetáneos dedicados de una forma u otra al oficio de historiador: Ramiro Guerra (1880-1970),2 Fernando Ortiz (1881-1969)3 y Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964).4

En las páginas que siguen haremos un breve comentario sobre la meditación republicana de Trelles, cuya mirada de contenido ilustrado y ademán civilizatorio reconoce severas carencias en el modelo de gestión pública y advierte algunos síntomas de progreso y desarrollo social. Su postura se sitúa en un lugar intermedio entre la visión optimista de Ramiro Guerra y las radicales detracciones de Ortiz y Roig.

Como es conocido, la llamada por Juan Marinello «década crítica» (1923-1933) se inicia con precisión el 18 de marzo de 1923 con la Protesta de los Trece, en que un grupo de jóvenes intelectuales denunció de manera estentórea la corrupción del zayismo. Apenas un mes después de la protesta, el 14 de abril de 1923, el erudito Carlos Manuel Trelles y Govín leyó en el Aula Magna del Instituto de Matanzas la conferencia El progreso (1902-1905) y el retroceso (1906-1922) de la República de Cuba.5

La disertación estuvo dedicada al filósofo Enrique José Varona6 y se divulgó en una pequeña tirada de 200 ejemplares.7 Desde un inicio Trelles confiesa sentirse abrumado por «lo penoso que resulta al conferencista verse obligado a exponer errores y deficiencias de nuestros compatriotas y de nuestros gobiernos», pero lo cree necesario, pues «los males de la patria no se remedian ocultándolos sino poniéndolos de manifiesto ante la nación con el sano propósito de extirparlos».

Para que no quedaran dudas acerca de la sinceridad de sus propósitos, el bibliotecario de la Cámara de Representantes consignó las pruebas de su labor patriótica durante la guerra del 95 y afirmó «haber sido un buen cubano en el momento de la prueba». A ello añadió su respaldo electoral a los presidentes Estrada Palma, José Miguel Gómez, Mario García Menocal y Alfredo Zayas. Sin haber desempeñado ningún cargo público en los citados gobiernos, Trelles se consideraba «un testigo de mayor excepción», una suerte de «espectador imparcial, alejado de las luchas políticas, que ha presenciado sin apasionarse, y con ecuanimidad, los acontecimientos ocurridos en su Patria».

Como advierte el título de su trabajo, Trelles postuló que la república vivió una breve etapa de adelanto durante el gobierno de Estrada Palma, a quien llama «integérrimo patriota», precedida de la primera intervención militar estadounidense, en la cual según su criterio los generales Brooke y Wood hicieron el mayor progreso en la Isla desde su descubrimiento. Este avance lo ejemplifica con las medidas sanitarias, higiénicas, de ornato urbano e instrucción pública que tramitaron los gobernadores norteamericanos. En el caso de Palma sostiene que siguió la senda administrativa de sus predecesores, impulsó la enseñanza, construyó vías de comunicación, redujo la mortalidad, fomentó la inmigración blanca y fue magnánimo al conceder más de quinientos indultos.

Para Trelles, como para muchos contemporáneos, el principal mérito del primer mandatario había sido su acrisolada honradez y manejo sobrio de los fondos públicos, que le hubieran conseguido fama duradera si no hubiera sucumbido a la ambición de reelegirse, lo que trajo como resultado el caos político del país y el «imperdonable error» del presidente Palma de solicitar la segunda intervención estadounidense.

El retroceso republicano, según esta interpretación, dio inicio con la llamada Revolución de Agosto y llegaba hasta el momento en que Trelles pronuncia su discurso «y lejos de disminuir tiende a agravarse, a tal extremo, que si los hijos de este país no toman serias determinaciones dará en tierra con nuestra amada patria». Contrapone las virtudes de la primera administración norteamericana con el segundo periodo de ocupación, regido por un individuo «de gran volumen y peso corporal, pero cuyo peso específico desde el punto de vista moral era apenas perceptible». Bajo el mandato de Charles Magoon «la república ordenada, moral y barata empezó a esfumarse» y deplora como su mayor desacierto la creación del sistema fraudulento de la botella, corruptora de la administración pública.

El presidente José Miguel Gómez es presentado como un gobernante enérgico, inteligente y ecuánime, pero le faltó «rectitud y pureza» como administrador. El antiguo mambí restableció antiguas lacras coloniales como la renta de lotería y las peleas de gallos, fuentes inagotables de peculado y daño moral. Los negocios turbios de José Miguel, como el canje de los terrenos del Arsenal y la concesión para el dragado de los puertos, hace exclamar a Trelles que habían iniciado la «República fastuosa y la era de los presidentes millonarios y multimillonarios». Le reconoce en cambio que fue electo en unos comicios justos y la virtud de no aspirar a la reelección.

Aquí el conferencista interrumpe la narración cronológica de los sucesivos gobiernos republicanos y se ocupa de demostrar el reflujo de algunos indicadores sociales como la instrucción pública, con cifras que demuestran quebranto en los índices de escolarización, la disminución del porciento de profesores, el descenso del presupuesto estatal dedicado al ramo educativo y el incremento de iletrados entre los jóvenes cubanos, que le permite hacer una curiosa comparación: era mayor el número de analfabetos en la población blanca de Cuba que entre los negros norteamericanos.

Si la reciente construcción de seis escuelas normales podía considerarse un acierto, lo disminuía el hecho de no haberse concluido las obras de ampliación de la Universidad Nacional y los institutos de La Habana y Santa Clara. En un ámbito muy cercano al orador, expone la escasez de bibliotecas públicas y la endeblez de la biblioteca nacional, que contaba con apenas cincuenta mil volúmenes, y dice que «inspira lástima y da pena contemplarla». La ausencia de mu- seos es otro déficit significativo y expresión de dejadez en la cultura al no haberse construido un palacio de bellas artes ni un museo histórico. A lo anterior añade la inexistente enseñanza de la historia y literatura vernáculas en los institutos y la universidad, con evidente menosprecio de la educación patriótica y nacionalista.

En marcada oposición con el cuadro de incuria educativa, Trelles denuncia el aumento del presupues- to castrense y la cantidad de miembros en los cuer- pos armados, como si el ideal fuese «organizar una república militar en la que el sable impere sin corta- pisas». Consigna que de tres mil guardias rurales con que gobernó Estrada Palma, el número de efectivos del ejército se elevó a dieciocho mil bajo Menocal en 1919, sin contar «los 2600 soldados que pidió a Was- hington en octubre de 1917 para que custodiaran a las levantiscas provincias de Camagüey y Oriente». Con sutil ironía asevera que «Cuba se ha militarizado vertiginosamente y el ideal del Káiser ha cristalizado en la Gran Antilla sin darse cuenta de ello sus felices habitantes».

Carlos Manuel Trelles (1866-1951).
Carlos Manuel Trelles (1866-1951).

El elevado gasto militar contrastaba con las escasas subvenciones a instituciones de índole cultural y social de prestigio como la Sociedad Económica de Amigos del País, la Academia de Ciencias de La Habana, la Escuela de Pintura y Escultura o la Sociedad Geográfica de Cuba. El sombrío panorama anti intelectual es resumido con palabras de desconsuelo:

«Puede afirmarse que en Cuba arrastra una vida lánguida y anémica todo cuanto signifique cultura; y la Ciencia y el Arte son mirados con ojeriza; o mejor di- cho, son asuntos que molestan o importunan».

Otro aspecto que evalúa este prontuario como síntoma de crisis nacional es la inmigración extranjera de origen caribeño y asiático, con un criterio xenófobo y racista. Si los gobiernos de ocupación y el primer periodo republicano desestimularon la entrada de chinos y de «inmigrantes de razas inferiores», Trelles deplora la libertad que ofrecieron José Miguel Gómez y Mario García Menocal a la entrada de braceros haitianos y jamaicanos con destino a la zafra azucarera, lo que en su opinión constituía «un agravio a la civilización cubana». El erudito contabiliza en los dos mandatos de Menocal el ingreso de unos «150 mil hombres incultos y de civilización rudimentaria».

En su opinión los presidentes cubanos habían des- oído «las sabias enseñanzas de Saco, Pozos Dulces, Echeverría y de todo el elemento reformista e ilustrado del país», y no contentos con «oscurecer» la población cubana habían incurrido en el error de «amarillarla» al punto de residir en la Isla 100 mil hijos del Celeste Imperio. En un comentario que recuerda las ideas de blanqueamiento de la Isla de José Antonio Saco y del positivismo orgánico al estilo de la Sociedad Antropológica del siglo XIX, Trelles conjeturaba que la preferencia por una inmigración no blanca llevaría al país «si el mal no se remedia, en derechura al salvajismo y a convertir a Cuba en una segunda Haití».

En su valoración la sanidad pública era de aquellos departamentos de la administración que ofrecía menores reclamos críticos y pone como ejemplo la disminución de las tasas brutas de mortalidad durante el periodo «sea porque la Enmienda Platt nos exige mantener la República en buenas condiciones sanitarias; o porque los médicos cubanos se han esmerado en el cumplimiento de sus deberes». Advierte, sin embargo, una tendencia al incremento de la mortalidad en los últimos años del mandato de Menocal, lo que atribuye a que «la considerable inmigración jamaiquina y haitiana trajo consigo mortíferas y extensas epidemias de viruelas y paludismo».

La fábrica de vías de comunicación es otro dato importante en la disertación de Trelles. Compara los datos del número de kilómetros de carreteras construidos por cada gobernante y señala el aumento en tiempos de Palma (328), Gómez (500) y la segunda intervención (608) mientras que decrece durante el mandato doble de Menocal (456) al tiempo que este último sextuplica el costo de las carreteras, caminos y puentes. El dictamen en este rubro es deplorable: «Las actuales carreteras se están destruyendo rápidamente y dentro de poco, si no se reparan, estarán intransitables».

Para el bibliógrafo, la Hacienda austera y floreciente de Brooke, Wood y Palma «en que sobraban los millones», había devenido en el segundo periodo de Menocal en un «verdadero caos». Contribuían al des- orden financiero créditos aprobados fuera del presupuesto, la botella con su estafa mayúscula al erario público que cifraba la suma de quince millones de pesos cobrados por empleados fantasmas y el crecido número de pensiones y donativos aprobados por los congresistas. La deuda pública, incrementada por sucesivos préstamos, amenazaba con dejar exangüe el tesoro nacional e hipotecado el país por varias generaciones. Según cálculos de Trelles, con todo el dinero del gasto público desde la primera intervención hasta Menocal, cercano a los mil millones de pesos «había de sobra para haber construido la carretera central; sostener en Cuba 15 mil maestros; acabar con el analfabetismo; haber edificado centenares de casas escuelas, bibliotecas y museos; construir una soberbia Universidad y un sólido instituto en La Habana y escuelas industriales y de Artes y Oficios por toda la Isla; establecer una Cárcel modelo y mil obras de utilidad pública. Pudiéramos, en fin, figurar ya entre los países ultra civilizados».

Otros males enumerados por el erudito matancero describían un panorama de aumento de la criminalidad, agravada por sucesivas amnistías e indultos arbitrarios, de los delitos de malversación cometidos por funcionarios gubernamentales, del número de suicidios y de enfermos mentales. Expresa el incremento de los divorcios como ejemplo de la frágil virtud ciudadana, expone la presencia de candidatos a cargos públicos con antecedentes penales, la presencia de la lotería como ente desmoralizador, el resurgimiento de las bárbaras corridas de toros y declara que si «fuera a hablar de los fraudes y de la corrupción administrativa necesitaría días enteros para enumerarlos».

Las conclusiones de este cuadro de la sociedad republicana, mayoritariamente negativo, dejaba un sabor amargo en el hecho de que «a consecuencia de nuestro desgobierno, el Departamento de Estado de la Nación Norteamericana se ha visto obligado a dirigir Notas al Gobierno de la Habana; y la Enmienda Platt, que en la época de Estrada Palma cayó casi en desuso, ha ido vigorizándose a expensas de nuestra Soberanía, durante el periodo que pudiéramos llamar de la segunda República».

Al igual que otros autores de este periodo, el corolario de la virtud doméstica como antídoto frente al peligro injerencista aparece expresado con nitidez.8 Era necesario acometer una labor de saneamiento nacional que condujera a un mejor gobierno, que honraría por un lado las víctimas inmoladas por conquistar la independencia de España y contendría por otro la amenaza «cercana de una Nación poderosa e ilustrada, que nos vigila de cerca y es nuestra tutora».

Los argumentos de Trelles, de contenido antropológico civilizatorio, apuntaban a dirimir la cuestión presente en el imaginario de las elites intelectuales y políticas estadounidenses, de si los cubanos constituían una población atávica, incapaces de gobernarse sobre bases duraderas y estables de orden y progreso, una raza inferior que rechazaba la civilización y necesitaba la tutela correctiva de una entidad superior. Su respuesta es en parte afirmativa, aunque conserva cierta esperanza de que se puedan enmendar los errores cometidos y de este modo «entrar con paso firme por las vías del adelanto y la civilización, como lo exige vivir en el siglo XX».

La otra tesis de su discurso registraba una desviación en el ideal republicano del molde original que había representado el presidente Palma. La república austera, civil y sencilla había dado paso a un estado militarizado, fastuoso y derrochador «donde los intereses personales se sobreponen a los de la Patria». El gobierno de Estrada Palma era, según Trelles, el paradigma de honradez financiera y modestia cívica que debía ser imitado.

De formación positivista y mentalidad liberal decimonónica, el intelectual matancero exhortaba a elevar la instrucción de los cubanos, reducir el gasto militar, ampliar la infraestructura logística, reformar las instituciones políticas, regenerar la moral administrativa y colocar la Isla en el concierto de las naciones más adelantadas de Europa y América. De no suceder de esta manera, auguró con escéptico juicio que la república «está llamada a desaparecer».

 

Notas:

  • Carlos Manuel Trelles y Govín, El progreso (1902-1905) y el retroceso (1906-1922) de la República de Cuba, Matanzas, de Tomás González, 1923.
  • Ramiro Guerra, Un cuarto de siglo de evolución cubana, prólogo del general Pedro E. Betancourt, La Habana, Libre- ría Cervantes de Ricardo Veloso,
  • Fernando Ortiz, La decadencia cubana; conferencia de propaganda renovadora pronunciada en la Sociedad Económica de Amigos del País la noche del 23 de febrero de 1924, Habana, La Universal, 1924.
  • Emilio Roig de Leuchsenring, La colonia superviva. Cuba a los veintidós años de la República, La Habana, imprenta el Siglo XX, 1925. Conferencia leída el 11 de abril de 1924 en la séptima reunión anual de la Sociedad Cubana de Derecho
  • Todas las citas entrecomilladas a continuación pertenecen a la edición citada
  • Enrique José Varona había devenido una especie de oráculo político para intelectuales de diversas generaciones- Su participación en la vida pública republicana desde las filas del partido conservador lo había llevado a adoptar posturas escépticas y de hondo pesimismo. Un lustro antes, en 1918, el anciano pensador había hecho este sombrío vaticinio: «Ni en la situación general del mundo, sacudido por la más pavorosa catástrofe de que hay memoria, ni en la particular de mi patria, desgarrada por las pasiones de sus hijos, que parecen ciegos ante las tremendas señales de los tiempos, pueden encontrarse alicientes para mantener un estado de ánimo que se abra confiado al porvenir», Enrique José Varona, De la colonia a la república, La Habana, Sociedad Editorial Cuba Contemporánea, 1919, p. 5.
  • Varona conoció y estimó la obra bibliográfica de Trelles, como es notorio en el artículo «Bibliografía y patriotismo», publicado en El Fígaro el 31 de marzo de 1907, p. 146, con el anuncio de que serviría de pórtico al Ensayo de bibliografía cubana de los siglos XvII y XvIII, Matanzas, Imp. El Escritorio,
  • Véase el artículo de Manuel Márquez Sterling «A la injerencia extraña la virtud doméstica», publicado en el diario La Nación el 13 de febrero de 1917 que expresaba: «A la injerencia extraña solo podía responder la virtud domés- Y la virtud doméstica solo era conciliable, en esta crisis con un cambio súbito del sistema implantado, vaciando la política del general Menocal en los mismos moldes, y en el mismo sentido de avenencia y cordialidad que recomendó y quiso imponer, el propio general Menocal, a Don Tomás Estrada Palma, en los días que la República se desplomaba por las mismas causas que ahora amenaza desplomarse», Doctrina de la República, La Habana, Dirección de Cultura, 1937, p. 149.