El problema de los símbolos: José Martí y la niña de Nueva York

Por: Jorge Camacho

Foto tomada a José martí y la niña María Mantilla

En la segunda década del siglo xx, el poeta y periodista cubano Aniceto Valdivia decía que José Martí era la base de «nuestra religión patriótica». Él había continuado la obra de los héroes del 68, se había sacrificado por la patria y por eso los cubanos le debíamos todo nuestro respeto. De hecho, hay pocas figuras en la historia de Cuba que han recibido tanta reverencia y respeto como Martí. Sus palabras, en efecto, se convirtieron en una especie de Biblia con la cual se aupó el nacionalismo y permitió crear un consenso alrededor de temas como la independencia, el antirracismo y la fraternidad. Dicho consenso no fue, sin embargo, parejo y durante todo el siglo xx existieron pensadores como Juan Marinello y Ángel Cesar Pinto Albiol que cuestionaron las ideas del héroe por no ser suficientemente radicales o por estar pasadas de moda. En la década de 1960 un escritor se destaca en estas críticas, el genial Guillermo Cabrera Infante (1929-2005). En su novela Tres tristes tigres (1965), Cabrera Infante se apoya en el estilo martiano para contar el asesinato de Leon Trotski (1879-1940) a manos de Ramón Mercader. El apartado que le dedica a Martí se titula «Los hachacitos de rosa» y en él mezcla fragmentos de varios textos sacados de La Edad de Oro (1889) y de su poema para niños «Los zapaticos de rosa». Decía Cabrera Infante:

Cuentan que el desconocido no preguntó dónde se comía o se bebía, sino dónde estaba la casa amurallada y sin quitarse de arriba el polvo del camino, se dirigió a su destinación, que era el último refugio de León Hijo-de-David Bronstein: el viejo epónimo: profeta de una religión herética: mesías y apóstol y hereje en una sola pieza. El viajero, este torcido Jacobo Mornard, llegó con sus odios magníficos hasta el destino notorio del hebreo grande, de apellido de piedra broncínea, y a quien parece que ennoblecían la faz fulgores de rabino rebelde. (p. 277)

José Martí y María Mantilla

Basta este fragmento para notar, como dirían René Jara y Fernando Moreno, la «parodia estilística» que hace Cabrera Infante del estilo martiano y el de otros escritores cubanos como Lezama Lima, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén a través de los cuales el escritor exiliado entreteje giros lingüísticos, adjetivos desmesurados y pasajes patrióticos para burlarse de su prosa. Es una burla juguetona, que rebaja su importancia simbólica, sus sentimientos americanistas y las diferencias entre pobres y ricos en la sociedad norteamericana, asuntos que Martí trata en su poema y a lo largo de sus escritos. Por eso si coincidimos con Roland Barthes en que el mito es un tipo de habla, un modo de significación presente en cualquier ramo de la vida (la literatura, el cine, la fotografía o el deporte), la parodia del estilo martiano sería una forma de desacralizar al héroe, de rebajar su estilo, negarlo por ampuloso y desusado y ridiculizar sus ideas. En el ambiente de censura, intolerancia y sacralización de su figura que creó la revolución cubana, el texto de Cabrera Infante sería un grito en contra de estas mordazas y una llamada a la libertad de expresión.

Con razón, José Miguel Oviedo, al escribir en 1989 su ensayo La niña de Nueva York: una revisión de la vida erótica de José Martí, recuerda su amistad con Cabrera Infante y su «jocosa paráfrasis en prosa del poema “Los zapaticos de rosa”» (p. 9). Según Oviedo, la recepción de Martí se caracterizaba por una estrechez de miras que convertía al héroe en una escultura de mármol. Decía que era necesario descorrer «el púdico velo que se había echado» sobre la relación de Martí con Carmen Miyares y su hija María Mantilla (p. 10) y por esta razón se propuso fundamentar el parentesco de la niña de Nueva York con el héroe. En su introducción, Oviedo afirma que la idea del libro le vino después de conversar con el escritor cubano y con su esposa en California. Confiesa que a pesar de que respetaba Martí y nunca se había interesado por su obra, precisamente por el carácter hagiográfico en que siempre se escribía sobre él, porque «según esas obras y estudios, Martí no es un hombre (aunque el calificativo se subraye en varios libros): es una figura sobrehumana, un titán incorruptible, un gigante de la especie a salvo de las flaquezas de los comunes mortales. No solo es un gran escritor; está nimbado por una triple corona: Apóstol, Héroe, Mártir» (p.11).

Independientemente, entonces, de lo que se crea de la tesis del libro de Oviedo, hay que afirmar que el académico vio con exactitud cómo la crítica había convertido a Martí en un santo, impidiendo con esto el debate o rechazando los puntos de vistas ideológicos que discreparan de esta imagen idealizada. Sus críticos y biógrafos, alentados por una moral mojigata y armados de la censura, habían logrado cancelar el debate, habían evitado entrar en agujeros negros como estos e ignorado cualquier desvío de su imagen apostólica. Como colofón, Oviedo publica en el mismo libro una entrevista que le hizo a César Romero, el nieto de Carmen Miyares, en la cual este confiesa que su madre le había escrito una carta antes de morir diciéndole que ella era hija de Martí y él su nieto (p.114).

De más está decir que el libro de Oviedo no gustó en Cuba. De hecho, causó tanta incomodidad que el Centro de Estudios Martianos publicó el borrador de una carta hasta entonces inédita de Martí, fechada en 1887, en la cual el cubano se dirigía a Victoria Smith rechazando cualquier relación indebida entre él y Carmen Miyares. Cintio Vitier, el crítico martiano más importante que vivía en Cuba en aquella época, fue quien se encargó de rebatir la tesis de la paternidad martiana de María Mantilla y la relación amorosa entre ambos, con pruebas como la carta de Smith y también en charlas como una que dio en 1990 en la Biblioteca Nacional. En aquella charla, a la cual asistí, rebatió con fuerza cualquier parentesco de María Mantilla con el cubano y afirmó que por las circunstancias familiares en que la niña debió haber sido concebida era casi totalmente imposible que hubiera sido hija del cubano. La publicación del libro de Oviedo coincide pues con la reevaluación de su figura entre escritores y artistas cubanos y extranjeros, quienes desde finales de los años 80 se han acercado a sus escritos apartándose de las interpretaciones trilladas, maniqueas y legitimadoras en lo que he llamado «un giro desacralizador».

Estos nuevos acercamientos interpretan sus textos a partir de contextos y teorías posmodernas como las que se refieren al género, la historia, la raza y el cuestionamiento de los grandes metarrelatos del siglo xix. Esas lecturas ponen al descubierto diferencias y sujetos marginalizados por el poder como son la mujer, el indígena y el negro y subrayan ideologías ya caducadas como el liberalismo o el comunismo, que sirvieron de base en otro tiempo para interpretar su obra. De esta forma, estos acercamientos rechazan todo balance teleológico y hagiográfico, y no creen que pueda redimirse al héroe en base a razones subalternas ni adoptando la perspectiva del poder.

No obstante, el Estado cubano todavía ejerce su poder sobre el icono político más importante de la nación. Solo él y sus intelectuales afines pueden reproducirlo y explicarlo de forma que convenga a sus intereses políticos. ¿Alguna vez los comisarios de la cultura y los policías dejarán de censurar las representaciones de Martí que no son de su gusto? ¿Alguna vez tendrán la decencia de respetar el derecho de todos los cubanos a opinar y expresar sus ideas libremente? ¿Por qué utilizan la excusa de que estas interpretaciones le «faltan el respeto a Martí» cuando lo que realmente hacen es faltarles el respeto a ellos, a los que se autotitulan dueños de su imagen y exégetas en jefe de su obra? ¿Cuándo entenderán que lo importante no son los símbolos sino las personas, la vida, las convenciones que hacen posible o destruyen a los seres humanos? La censura de estas interpretaciones no puede justificarse con la excusa de que Martí es un símbolo de la patria porque los símbolos son en esencia polisémicos. Están basados en la interpretación de cada cual, y ninguna interpretación puede reproducir a Martí, solo reproduce o recrea sus textos. No son interpretaciones que van en contra de su persona sino de las suposiciones, certezas e ideologías de grupos de poder que lo han interpretado y han establecido estas interpretaciones como verdades inapelables o versículos bíblicos que no se pueden emborronar. Triste final para una revolución que se declaró marxista leninista desde un inicio y condenó todas las religiones.

Obras citadas

camacho, JorGe. «José Martí, el giro desacralizador». Ciberletras: Journal of literary criticism and culture, issue 46, num. 46, 2022, pp. 1-20

caBrera infante, Guillermo. Tres tristes tigres. Editorial Seix Barral, 1969.

Jara, rené y fernanDo moreno. Anatomía de la novela. Universidad católica del Valparaíso, 1972.

marinello, Juan. «Martí y Lenin». Repertorio americano, 30, enero, 1935, pp. 57-59. martí, José. «Borrador de Carta a Victoria Smith». Anuario del Centro de Estudios Martianos, núm. 12, 1989, pp. 11-20. ovieDo, José miGuel. La niña de Nueva York. Una revisión de la vida erótica de José Martí. Fondo de Cultura Económica, 1989.

PortuonDo, José antonio. Martí y el diversionismo ideológico (conferencia). La Habana, 1974.

valDivia, aniceto. «Discurso de contestación al de ingreso del señor Néstor Carbonell, como miembro de la Sección de Literatura, por el señor Aniceto Valdivia, leído por su autor en la sesión pública y solemne celebrada por La Academia el día 2 de abril de 1918». Anales de la Academia Nacional de Artes y Letras, año 3, t. 3 n. 2, abril-junio, 1918, pp. 199-209.