El romance de los comunistas cubanos y Fulgencio Batista

Por: Jorge Domingo Cuadriello

Blas Roca Calderío (1908-1987)
Blas Roca Calderío (1908-1987)

 

A partir del momento de su fundación, en agosto de 1925, semanas después de asumir la presidencia el general Gerardo Machado, el Partido Comunista de Cuba (PCC) padeció la represión de sus principales figuras, que incluyó desde el encarcelamiento y la deportación al extranjero hasta el asesinato. Este fue el destino que sufrieron el líder estudiantil Julio Antonio Mella, en México, y el chino José Wong, en el Castillo del Príncipe. A pesar de esa persecución los comunistas cubanos aceptaron tomar parte en la farsa electoral que el régimen organizó en noviembre de 1932 y en medio de la huelga general en agosto del año siguiente sus principales dirigentes fueron al Palacio Presidencial para reunirse con el dictador y aceptaron la solicitud de este de suspender la huelga y volver al trabajo. De nada sirvió aquella estratagema del régimen para sobrevivir y días después se vino abajo ignominiosamente. A continuación el PCC salió a flote, se tornó más combativo y hasta intentó establecer en algunas localidades de Oriente, como en el central Mabay, soviets al estilo de la Unión Soviética. Pero tras la llegada al poder de un grupo de militares tan ambiciosos como represivos, encabezados por Fulgencio Batista, quienes usaron como pantalla a algunas figuras politicas de cierto prestigio, entre ellas el coronel de la gesta independentista Carlos Mendieta, los comunistas volvieron a ser perseguidos y, por ejemplo, debieron realizar en el mayor secreto, en Caimito, en abril de 1934, su II Congreso, que designó al antiguo zapatero manzanillero Blas Roca su Secretario General. Sin embargo, tres años después la situación política nacional se les tornó más favorable.

» Comienza el romance del PCC y el coronel Batista

Desde inicios del año 1937 Batista comenzó astutamente a proyectar una imagen de político tolerante y a distanciarse de su pasado represivo, que incluía la deposición meses antes del presidente civilista Miguel Mariano Gómez, quien tuvo la entereza cívica de enfrentarse a su empeño de militarizar cada vez más el país. Con ese engañoso fin permitió en el mes de marzo la reapertura de la Universidad de La Habana, institución a la que le concedió además Autonomía. Poco antes había admitido la constitución, bajo el estatus de partido municipal, de Unión Revolucionaria, en verdad un instrumento clandestino de los comunistas, que ya contaban con entidades en apariencia independientes como la Agrupación Jóvenes del Pueblo, la Unión de Mujeres Cubanas y la Hermandad de Jóvenes Cubanos, al igual que la revista Mediodía. En el mes de agosto el presidente Federico Laredo Bru, aunque en realidad Batista era el poder tras el trono, lanzó un ambicioso Plan de Reconstrucción Económico-Social, más conocido como Plan Trienal, que se propuso mejorar las condiciones del campesinado, un sector bastante olvidado de nuestra sociedad.

Ansioso de legitimarse ante la opinión pública, Batista había intentado obtener el apoyo de los numerosos militantes del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), pero estos lo rechazaron de plano porque no olvidaban su traición en 1934 al llamado gobierno de los cien días, que había presidido Ramón Grau San Martín. Entonces volvió la mirada hacia los comunistas, también sus antiguos enemigos, pero estos, en cambio, se dejaron querer y cesaron de atacarlo directamente. A partir de entonces destacaron su orígen social muy humilde, el pigmento racial de su piel de mestizo y comenzaron a catalogarlo de «progresista». Tras su regreso a Cuba después de haber sido invitado por el ejército de los Estados Unidos pasaron a llamarlo «El Mensajero de la Prosperidad». La actitud del PCC respondía también a las órdenes de Moscú de crear frentes populares con el objetivo de frenar el avance del nazi-fascismo, que se extendía por varios países europeos.

La actitud complaciente de Batista se manifestó también a fines del año 1937, cuando decretó una amplia ley de amnistía, constante reclamo de los sectores de izquierda, que puso en libertad tanto a torturadores que habían estado al servicio del régimen de Machado como a revolucionarios que habían 40 protagonizado acciones violentas. Meses después, en mayo de 1938, permitió la salida del diario Noticias de Hoy, órgano del PCC en un principio muy moderado. Esta organización política fue legalizada en el siguiente mes de septiembre. A partir de aquel momento sus militantes salieron a la luz y comenzaron a desarrollar su activismo de un modo desenfadado.

De modo paralelo, Batista le dio vía libre al normal funcionamiento de diversas organizaciones proletarias, que en enero de 1939 se integraron para crear la poderosa Confederación de Trabajadores de Cuba, la cual designó como su Secretario General al comunista Lázaro Peña. Por aquellos días el PCC pudo celebrar públicamente en Santa Clara su Tercera Asamblea Nacional, que contó con centenares de delegados e incluso con invitados extranjeros. Sin lugar a dudas los comunistas cubanos marchaban con pie firme en el ámbito nacional. Respondiendo a un reclamo que se había ido extendiendo en el país, Batista dio paso a la convocatoria a una Asamblea Constituyente encargada de redactar una nueva Ley Fundamental. En noviembre de 1939 se realizaron las elecciones para este cuerpo legislativo y la Unión Revolucionaria Comunista (URC), resultado de la fusión del Partido Comunista y su apéndice, Unión Revolucionaria, ya incorporada al Bloque Gubernamental, obtuvo varios representantes, entre ellos Blas Roca, Salvador García Agüero y Juan Marinello. La nueva Constitución, finalmente aprobada en julio de 1940, resultó ser una de las más progresistas del continente y en su redacción participaron delegados de todo el panorama político del país. Inmediatamente se llevaron a cabo elecciones generales y Batista, candidato de la Coalición Socialista Popular, integrada también por la URC, se alzó con la victoria ante su oponente, Grau San Martín. Diez representantes obtuvieron los comunistas, cada vez más identificados con el presidente electo, como demostró el enfrentamiento que protagonizaron en el acto convocado por la Federación Estudiantil Universitaria en el Teatro Principal de la Comedia el 30 de septiembre para honrar la muerte del dirigente Rafael Trejo. Conocedores de que en la velada se atacaría duramente a Batista, para reventarla se hicieron presentes en el local y se enfrentaron a tiros con los organizadores. En la refriega cayeron para siempre varios jóvenes, entre ellos el comunista Manuel Porto Dapena, dirigente de los portuarios de La Habana. Resulta muy significativo que al día siguiente fue Blas Roca quien despidió su duelo en el Cementerio de Colón.

» El PCC gana espacio a nivel nacional

Para gran satisfacción de los comunistas, el nuevo presidente ocupó el cargo el 10 de octubre de 1940. Ya en esa fecha habían ido conquistado terreno en el panorama político nacional. Además de contar con un órgano de divulgación nacional, el diario Hoy, que a fines de 1940 logró poseer talleres propios, en 1939 habían comenzado a publicar la «revista de teoría y práctica del marxismo leninismo» El Comunista, que tuvo a Blas Roca, Aníbal Escalante, Fabio Grobart y Carlos Rafael Rodríguez como integrantes de su consejo de redacción. En sus páginas se reprodujeron no pocos textos de Lenin y de Stalin. Dos años después empezaron a imprimir la revista Fundamentos, continuadora de la anterior, como órgano del partido URC. De igual forma tuvo como principal director a Blas Roca y entre sus objetivos divulgar la obra de Marx, Lenin y Stalin. En la relación de sus colaboradores estuvieron Marinello, Mirta Aguirre, César Vilar, Carlos Rafael Rodríguez y Edith García Buchaca. No conformes con estas publicaciones, para llevar a cabo una mayor campaña ideológica en 1942 dieron vida a Dialéctica, «revista continental de teoría y estudios marxistas», que dirigió Carlos Rafael Rodríguez y tuvo entre sus colaboradores a Ángel Augier y a José Antonio Portuondo.

Ya en octubre de 1938, pocos días después de haber sido legalizado su partido, los comunistas cubanos habían fundado una editorial, que bautizaron con el título neutro de Páginas. La primera obra que publicó fue la investigación de Emilio Roig de Leuchsenring La España de Martí, que contó con unas palabras introductorias de Marinello, Carlos Rafael Rodríguez y Augier. A continuación, sintiéndose más consolidada, imprimió Las experiencias de Cuba, discurso que Blas Roca pronunció en el VII Congreso del Partido Comunista de México, celebrado en febrero de 1940. Y tras contar con un cimiento más sólido, Páginas se convirtió en vocero de propaganda de la Unión Soviética, como demuestran los siguientes títulos: El poder soviético; la sexta parte del mundo socialista (1941), de W. Hewlett Johnson, Las fuerzas de combate rusas (1942), de Serguei N. Kournakoff, El ejército de la Unión Soviética, de I. Mintz, La medicina socializada en la Unión Soviética, de Henry Ernest Sigerist, y Lenin y el problema agrario, de Anna Rochester, estos tres últimos impresos en 1943. De igual forma los principales dirigentes comunistas cubanos utilizaron esta editorial para divulgar sus ideas y su propaganda política. En primer lugar habría que mencionar a Blas Roca, quien publicó en varias ediciones su estudio Los fundamentos del socialismo en Cuba, así como a Marinello, Salvador García Agüero y Carlos Rafael Rodríguez. Páginas contó además con una librería para la venta de sus publicaciones, así como de libros y folletos que procedían de casas editoras afines al marxismo establecidas en México y en Chile. También con el propósito de contribuir a la propaganda soviética, en junio de 1941 la URC constituyó y comenzó a subvencionar la distribuidora de películas Blue Ribbon Films, que se presentó como una empresa privada y en realidad se dedicó a promover en el país el cine de la Unión Soviética.1

Siempre volcados hacia la agitación de las masas y la propaganda, los comunistas también fijaron su atención en el teatro. Entre sus militantes descollaba un actor y director teatral con talento, Paco Alfonso, al que le dieron la tarea de realizar escenificaciones de carácter político. En cumplimiento de dicha encomienda, este artista se encargó de presentar breves piezas teatrales en plazas y en actos públicos organizados por su partido. Entre las obras, de muy dudoso valor artístico, que dirigió se encuentran las que soportan títulos descacharrantes como Divulgación de las bases para el proyecto de constitución del Partido Comunista de Cuba (1939), Y vinieron las tiñosas (1940), contra los latifundistas cubanos, y Seguimos comiendo harina (1941), sobre la carencia de alimentos. En 1943 Paco Alfonso fundó el Teatro Popular, que se propuso elevar la calidad de sus funciones, y para ello incorporó a su repertorio obras de García Lorca, Pirandello y Casona, pero sin descartar a autores soviéticos, como demostró a través de las piezas dramáticas Los hombres rusos, de Konstantin Simonov, e Invasión, de Leonid Leonov.

También desde unos años antes los comunistas cubanos habían demostrado interés en la radio y al considerarse más respaldados iniciaron en febrero de 1943 una colecta nacional de 75 mil pesos para adquirir la emisora Radio Lavin. En pocos días lograron acopiar esta elevada cifra y el 1º de abril comenzó a salir al aire esta estación de radio en poder de URC, que fue más conocida como Mil Diez, se autodenominó La Emisora del Pueblo y tuvo como lema «Todo lo bueno al servicio de lo mejor: el pueblo». Muy pronto alcanzó una notable calidad artística y un número considerable de oyentes, éxito en el cual intervinieron ingenieros, técnicos y locutores de elevada calidad, así como una extensa relación de artistas de primer nivel entre los que estuvieron el Trío Matamoros, la orquesta Jóvenes del Cayo, los cantantes Miguelito Valdés, Elena Burke, Celia Cruz y Olga Guillot, entre otros muchos. Al mismo tiempo escribieron programas para Mil Diez importantes autores como Félix Pita Rodríguez, Onelio Jorge Cardoso, Mirta Aguirre y Luis Felipe Rodríguez. A través de las ondas de esta emisora ofrecieron alocuciones políticas Jesús Menéndez, Lázaro Peña, Blas Roca, Marinello, Aracelio Iglesias…

» El caso de los comunistas españoles exiliados

Al concluir en 1939 la Guerra Civil Española aquellos que habían defendido el legítimo gobierno republicano se vieron obligados a marchar al extranjero para escapar de la implacable represión del régimen franquista. Los más encumbrados dirigentes del Partido Comunista de España (PCE), como José Díaz, Secretario General de esa organización, Dolores Ibárruri (Pasionaria) y el general Enrique Líster lograron refugiarse en la Unión Soviética; pero otros dirigentes de menor relevancia o simples militantes quedaron dispersos por Francia, por otros países europeos y por la República Dominicana. En aquellos días el gobierno mexicano, que encabezaba el presidente Lázaro Cárdenas, generosamente les ofreció protección en su territorio a aquellos perseguidos políticos. Miles de ellos aceptaron gustosos dicho ofrecimiento. Sin embargo, un número considerable de comunistas españoles decidió, en cambio, trasladarse a Cuba. De seguro desempeñó un importante papel en aquella decisión las conquistas alcanzadas por los comunistas cubanos. A diferencia de México, en la Isla no hallarían muchas oportunidades de empleo bien remunerado; pero sí la hospitalidad y la solidaridad de numerosos camaradas.

Resulta muy larga la relación de nombres que pudiéramos mencionar, pero sí estamos en el deber de citar a algunos de ellos: Juan José Manso, Félix Montiel y Miguel Valdés, los tres diputados a las Cortes de España, el químico Julio López Rendueles, el ensayista Juan Chabás, los periodistas Vicente Arroyo y Manuel Carnero, los dramagturgos Francisco Martínez Allende y Álvaro Muñoz Custodio, las dirigentes sindicales Jesusa Prado, María Araújo y Carmen Meana, el ortopedista Vicente Pueo Parés, el historiador Rito Esteban, el pedagogo Ramón Costa y Jou y el escultor Enrique Moret, así como los cuadros intermedios del PCE Santiago Álvarez Gómez, Luis Delage, Juan Ambou, Pedro Ardiaca, Julián Grimau, Manuel Hurtado, Esteban Vega y José Silva Martínez. En aquellos días desarrollaba en la capital un ambicioso plan de actividades la Casa de la Cultura, entidad fundada a inicios de 1938 que aglutinaba a los comunistas españoles. En este centro, que muy pronto contó con filiales en Santiago de Cuba, Camagüey, Matanzas y otras ciudades, se concentraron los camaradas recién llegados, quienes impartieron conferencias, protagonizaron actos políticos, ofrecieron discursos en veladas antifranquistas y tomaron parte en el activismo de URC. Arroyo, Muñoz Custodio y Juan José Manso ingresaron en el equipo de redacción de Noticias de Hoy y en las páginas de Nosotros, órgano de la Casa de la Cultura, colaboraron Chabás, Montiel, Delage, Martínez Allende y otros más. En aquellos años de inicios de los 40 visitaron La Habana en labores de reorganización política los dirigentes del PCE Santiago Carrillo, Vicente Uribe y Pedro Fernández Checa. Todos ellos se mostraban encantados de las conquistas alcanzadas por sus camaradas cubanos. Estos habían obtenido en las elecciones de julio de 1940 la notable cantidad de diez actas de Representantes, que recayeron en Blas Roca, Jesús Menéndez, García Agüero, Lázaro Peña y Joaquín Ordoqui, entre otros. Y en las elecciones parciales de 1942 se sumaron a la Cámara de Representantes Marinello y César Vilar.

El movimiento comunista en Cuba saltó de alegría cuando en abril de 1943 el gobierno decidió establecer relaciones diplomáticas a nivel de embajadores con la Unión Soviética. A partir de entonces, a pesar de la guerra mundial y de la invasión nazi a ese país, fueron frecuentes las recepciones ofrecidas en la recién inaugurada sede diplomática, ubicada en Paseo y 15, Vedado. Allí coincidieron funcionarios gubernamentales, escritores, artistas y políticos de muy diversas tendencias. El romance entre el PCC y el régimen de Batista no decaía y en aquel año, con el pretexto de crear un gobierno de Unidad Nacional ante el recrudecimiento de la guerra, el presidente designó a Marinello ministro sin cartera. Igual condición le concedió meses después a Carlos Rafael Rodríguez. Otros militantes comunistas integraban también el aparato del Estado, como la escritora y abogada Ofelia Domínguez Navarro, directora del Departamento de Propaganda de Guerra del Ministerio de Defensa.2 En enero de 1944 el partido URC pasó a denominarse Partido Socialista Popular (PSP) y dio vida también a una revista cultural de notable calidad, Gaceta del Caribe, que tuvo más carácter literario que ideológico, contó en su Comité Editor con Nicolás Guillén, Mirta Aguirre y Augier y como colaboradores a Alejo Carpentier, Lino Novás Calvo y José Antonio Portuondo. Las elecciones generales se acercaban y en las filas comunistas reinaba el optimismo y la convicción de que el candidato oficialista ganaría la contienda. Así creyeron que lo demostraba el masivo apoyo al gobierno en el desfile proletario del 1º de mayo.

» El fin de una ilusión

Pero exactamente un mes más tarde el aspirante oposicionista Grau San Martín, por la Alianza Auténtica Republicana, aplastó en las urnas al candidato gubernamental Carlos Saladrigas, de la Coalición Socialista Democrática, que contaba con el PSP como una de sus organizaciones. El resultado de aquellas elecciones, de seguro la más limpia de todas las efectuadas durante la República y que fue calificada por el senador Eduardo Chibás, siempre desbordado, «la jornada gloriosa», constituyó un mazazo para los comunistas, quienes debieron conformarse con haber obtenido dos actas de senadores —Marinello y César Vilar—, así como cuatro de representantes —Blas Roca, Aníbal Escalante, Ordoqui y Esperanza Sánchez Mastrapa—. Los planes continuistas del PSP se venían abajo.

Grau asumió la presidencia el 10 de octubre de 1944 y Batista, ya derrotado, marchó al extranjero. Días después una comisión de alto nivel del PSP acudió al Palacio Presidencial para felicitarlo y para manifestarle que apoyaría toda aquella ley que dictara en beneficio del pueblo. Las relaciones entre gobierno y comunistas parecieron en un principio marchar en armonía, en especial cuando Grau aprobó un presupuesto de 750 mil pesos para la construcción del Palacio de los Trabajadores, pero la deriva anticomunista del nuevo mandatario y de casi todo su gabinete fue ahondando la división entre ellos. En realidad, a diferencia de Batista, Grau no necesitaba el respaldo del PSP para legitimarse y gobernar.

Aquel inesperado cambio político afectó seriamente algunos proyectos que el PSP creía ya consolidados. Noticias de Hoy continuó con sus tiradas diarias, pero desaparecieron a fines de aquel año Teatro Popular y, por falta de presupuesto, unos meses después, las revistas Dialéctica y Gaceta del Caribe. La distribuidora de películas Blue Ribbon Films desapareció en 1946 y la editorial Páginas se vio obligada a disminuir el número de obras impresas. Los últimos títulos que dio a conocer fueron Weyler en Cuba. Un precursor de la barbarie fascista (1947), de Emilio Roig de Leuchsenring, y el folleto de Blas Roca José Martí, revolucionario radical de su tiempo (1948). Una mejor suerte disfrutó la emisora Mil Diez gracias al prestigio que había alcanzado, pero en 1948, tras el asesinato de Jesús Menéndez, la estación fue asaltada por la policía y destruidos muchos de sus equipos.

Un número considerable de los comunistas españoles refugiados en Cuba comenzó a marcharse del país tras la derrota sufrida en las elecciones. De los nombres antes mencionados podemos anotar que partieron hacia diferentes destinos Muñoz Custodio, Martínez Allende, Arroyo, Miguel Valdés, Luis Delage, Pedro Ardiaca, Manuel Hurtado, Ramón Costa y Jou, José Silva y Esteban Vega. Al giro del ambiente político nacional había que añadir el desabastecimiento provocado por la guerra mundial.

» Agradecimientos a Batista y una duda

A través de algunos artículos publicados en Noticias de Hoy después de las elecciones los dirigentes del PSP hicieron constar los éxitos del gobierno de Batista y el apoyo que este había demostrado hacia las causas populares. Y cuando ya el expresidente se encontraba en el extranjero a través de algunas vías más personales, como las cartas, pusieron de manifiesto el agradecimiento que le guardaban. Como ejemplos podemos citar unas breves líneas dirigidas, de modo independiente, por Mirta Aguirre y por Ángel Augier, a José Antonio Portuondo, quien disfrutaba de una beca en Ciudad de México. En la primera carta, fechada en La Habana el 11 de noviembre de 1944, le dice: «Según nos dijo Juan, te han conseguido un pequeñísimo “guano”. La despedida del querido Fulgen.»3 Interpretación elemental: Juan es Marinello, «guano» es dinero y Fulgen es Fulgencio Batista, quien se había despedido del poder el mes anterior. Preferimos no comentar el calificativo que le concede la autora: querido. Augier, por su parte, en carta a Portuondo desde La Habana con fecha 9 de febrero de 1945, le solicita: «Ah, chico, se me olvidaba. Dale un apretón de manos a Fulgencio».4 En aquellos días Batista se encontraba de visita en México. Ignoramos si el destinatario cumplió con el afectuoso encargo.

Después de este breve recuento de las relaciones fraternales entre el ambicioso coronel y los comunistas cubanos y tras valorar los proyectos que estos pudieron cumplimentar durante el largo mandato del Mulato Lindo, nos preguntamos: ¿Fue solo a través de las recaudaciones de los militantes, la entrega de los salarios que devengaban los Representantes y las contribuciones de los que simpatizaban con la causa comunista que aquella organización partidista pudo fundar un periódico que disfrutó de talleres propios, imprimir varias revistas, contar con una distribuidora de películas, una editorial con librería, un grupo de teatro y una potente emisora de radio de elevada calidad técnica y artística? Dudamos mucho de que todo esto fuese gracias a la ayuda monetaria y encubierta de la Unión Soviética, abocada entonces en una heroica guerra defensiva ante la agresión hitleriana. No disponemos de ninguna prueba documental; pero somos del criterio de que las arcas del Estado, por decisión del presidente Batista, constituyeron las fuentes principales para sufragar los gastos que requerían aquellos costosos proyectos. Fue una forma de pago a los comunistas por el respaldo que le brindaron durante largo tiempo.

Notas y referencias:

1. Douglas, María Eulalia La tienda negra. El cine en Cuba (1897-1990). La Habana, Cinemateca de Cuba, 1996, p. 85.
2. Para que se tenga una idea del compromiso de esta escritora con el PCC y la confianza que esta organización tenía en ella anotaremos que fue enviada a México en 1941 para integrar el equipo de defensores de Ramón Mercader del Río en el juicio que se le siguió a este por asesinar al revolucionario ruso León Trotsky.
3. Cuestiones privadas. Correspondencia a José Antonio Portuondo (1932-1986). Selección y notas de Cira Romero y Marcia Castillo. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2002, p. 129.
4. Ídem, p. 146