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Eusebio Leal Spengler: un habanero raigal

Por: Ariel Gil Gómez

9 enero, 2023 En Diálogo, Revista Espacio Laical No.1 - 2023 0

Tras la muerte de Eusebio Leal comenzamos un proyecto dedicado a estudiar y promover su pensamiento, vida y obra: la Casa Eusebio Leal Spengler. Resulta imprescindible para el trabajo que realizamos en ella, desentrañar el ideario de uno de los más importantes intelectuales cubanos de nuestra historia. Y quizás, una de las dimensiones que más nos interesa de ese ideario es su relación con la ciudad a la que tanto amó y a la que consagró toda su existencia: La Habana.

¿Cuándo y cómo nació en Leal ese sentimiento hacia la ciudad? ¿Qué representaba para él La Habana? ¿Se puede imaginar una Habana sin Leal o viceversa? Pudieran ser estas algunas interrogantes que nos guíen la meditación personal que comparto con ustedes, luego de haber tenido la dicha de acompañarlo en sus años finales. Leal nació el viernes 11 de septiembre de 1942, en la calle Hospital No. 660, en la barriada de Cayo Hueso, Centro Habana, en una casa de vecindad, un solar. Allí primaba el orden y la pulcritud, y «las leyes estaban escritas en una especie de decálogo, clavado en un lugar visible en el vestíbulo: No se admiten perros, ni gatos, ni radios en alta voz, ni reuniones en la puerta después de las 10 p.m.».1 Hijo único, su familia más cercana la constituía exclusivamente su madre, Silvia Spengler Ocampos. La relación con ella es clave para comprender la forma de pensar y de obrar de Eusebio. El padre, con quien compartía el nombre y la tesitura agradable de su voz -como solía recordar el propio Leal- fue un padre ausente. Su niñez y primera juventud estuvieron marcadas por dificultades materiales -lo que él mismo definía como una pobreza digna, pero no degradan- te. No hay mejor frase que ilustre las esencias de su origen que esta que decidimos seleccionar para una tarja colocada el pasado 11 de septiembre en la casa donde nació, día en que celebramos su natalicio 80:

«Mi origen está en mi ciudad, en la memoria de los que me quisieron, de mi familia, pero sobre todo está en mi madre, Silvia Spengler. Mi origen está en lo que aprendí de ella; en su terca voluntad y reclamo del corazón cuando me aconsejaba: Estudia, para que no pases lo que yo pasé.»

Resulta muy significativo que Leal evoque a su madre y a la ciudad en la misma frase cuando a sus orígenes se refiere. Ese origen humilde influirá también en el amor por la urbe y la comprensión de ella: no brotó este sentimiento de la instrucción, de los estudios escolares, nació de su andar peregrino por la ciudad.

Su vida escolar fue breve. Se desarrolló por pequeños períodos y en diferentes escuelas. Sus comienzos fueron en la casa de Blanca Sander, viuda de Aróste- gui, maestra anciana que vivía frente a la calle donde nació. Con Blanquita aprendió la cartilla, que comenzaba con la palabra Cristo. Luego, prosiguió el kindergarten con la maestra Migdalia Pino Santos en la escuela pública Ramón Rosaín, ubicada en una casona en la Calzada del Monte. En esa escuela su mamá era conserje –lo que hoy conocemos como auxiliar de limpieza-, de aulas y baños, y su sueldo era de 32 pesos mensuales.

Posteriormente, pasó a un pequeño colegio privado, el Instituto Panamericano, cuya sede estaba cerca de su casa. De esta etapa conservamos fotografías de Eusebio niño, vestido de rey luego de ser elegido por los compañeritos para la fiesta de carnaval. En esta escuela permaneció el tiempo que pudo pagar su madre la matrícula, apenas dos cursos. En tal instituto viviría un hecho que marcaría su vida: suspender el segundo grado. Tras comunicarle la mala noticia en privado, su maestra Silvia Oliva puso en sus manos un libro dedicado: Corazón, de Edmundo de Amicis. La dedicatoria: Eusebio, estudia. Otra vez una invitación a estudiar, a prepararse para la vida; antes, de su madre, ahora, de su maestra. Decía Leal que se había tatuado en la frente esas palabras: Eusebio, estudia.

Leal enfatizaba que en cada escuela donde estudió, pública o privada, tuvo un claustro formado por maestros normalistas que se caracterizaban por su acendrada cubanía y que, para formar a sus alumnos, aplicaban ciertas reglas que estaban más allá de todo manual pedagógico tradicional. Sin embargo, por imperiosa necesidad económica no terminó el sexto grado y comenzó a trabajar para ayudar al sustento de la casa. Años después recordaría que la existencia de su madre y la suya en aquellos años «ilustraba la tenaz decisión de salir adelante en la vida. Cada objeto, cada prenda de vestir, eran el fruto del trabajo, del ahorro llevado a límites insospechados.»2

Trabajó como vendedor de café a domicilio, mandadero en una bodega, mensajero en la farmacia del Hospital Calixto García, custodio de un lugar cerca de Mazorra… Comenzó, de esta manera, a descubrir la ciudad, andando sus calles en los habituales itinerarios, y a crear un vínculo estrecho con ella. Muchas veces le escuché decir que las ciudades eran libros que se leían con los pies; una verdad tremenda. Así se fraguó su conciencia de ser habanero y con el paso del tiempo, la voluntad de serlo. La Habana se le reveló desde lo profundo del barrio, con su bodega, la gente, el puesto de frutas de los chinos, la tanda del domingo en los cines, los encuentros con El Caballero de París… desde el Paseo de Carlos III, el Castillo del Príncipe y la Quinta de los Molinos; el Hospital de Emergencia, la Biblioteca Pública de la Sociedad Económica de Amigos del País, el Gran Templo Masónico, su Museo Histórico y su mirador; la Iglesia del Sagrado Corazón; el Parque de la Fraternidad; los jardines del Capitolio; el Teatro Martí; El Paseo del Prado; el Parque Central y la estatua de José Martí; y la Casa Natal del Apóstol, primer museo que visitó.

Cada espacio alimentó su curiosidad, acrecentó su conocimiento orgullosamente autodidacta. Es en este período que se interesó por el coleccionismo y los objetos antiguos: será una pasión que lo acompañará siempre. Fue clave su afiliación a la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, a la cual asistía asiduamente desde que realizara la comunión. Deambulando por los claustros de esta iglesia y sus sótanos, descubrió un rico patrimonio religioso integrado por cuadros, lámparas y sagrarios llenos todos de inscripciones enigmáticas que llamaron poderosamente su atención. Imborrable fue su primera visita a La Habana Vieja. Así recordaba Leal en uno de sus libros la visita al Templete, símbolo eterno de la habaneridad:

…en las primeras horas de la mañana de un 16 de noviembre… (desembocamos en la Plaza de la Catedral)… siguiendo el laberinto de voces, pregones, cantos, piropos… que escuchamos al atravesar las calles de Compostela, Habana, Cuba… (y)… Empedrado. A las puertas del templo, hallábanse, sobre las gradas del atrio, las comitivas abigarradas de los menesterosos, lisiados, ciegos, lazarinos del Rincón, amalgamados en el humo de los braserillos de incienso, junto a los vendedores de cirios y detentes.

Cruzamos el umbral entre el rumor de los orantes y penitentes. Hasta llegar al sitio donde se alzaba la imagen de San Cristóbal… Esta escala precedió nuestro arribo a la Plaza de Armas… Finalmente arribamos al Templete, donde decenas de personas pugnaban por llegar al tronco de la ceiba vieja, que vivía sus últimos años. En el interior del recinto, apenas visibles tras una pátina ennegrecida, estaban los grandes lienzos que alguien trataba de explicar identificando algunos de los personajes. Cuando salimos de aquella atmósfera densa, me quedé sorprendido y atónito ante la belleza de los edificios circundantes, sin imaginar que entre ellos pasaría la parte más importante y prolonga- da de mi vida…3

 

Y así fue. Desde septiembre de 1959 hasta julio de 2022, su vida estuvo asociada a La Habana Vieja y a los alrededores de la Plaza de Armas. Con apenas 17 años comenzó a laborar en el Gobierno de la Ciudad de La Habana, que radicaba en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales. Le nombraron Inspector del Departamento de Ingresos con un sueldo de 118 pesos. En ese mismo lugar, en uno de los entrepisos, el Dr. Emilio Roig de Leuchsering había fundado, con apoyo de la Alcaldía, la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana en 1938, liderando un proyecto genuinamente habanero y cubano, cívico, patriótico y antiimperialista.

Décadas después, muy cerca de allí, en el Palacio de Lombillo, se produjo el encuentro entre ambos gracias a la intervención de María Benítez, la esposa de Roig. Se iniciaba así lo que devendría con el tiempo en la continuidad, siendo Eusebio Leal su legítimo discípulo, aun cuando muchos dudaron de sus intenciones o cuestionaron su capacidad por no ostentar ni estudios ni curriculum para ello. ¡Cuánta injusticia con aquel joven que décadas después, y a golpe de crear sus propias circunstancias, se convertiría en el hombre más condecorado de la historia de Cuba!

En la obra de Roig y de sus grandes amigos y colaboradores, todos ellos destacadísimos intelectuales republicanos, encontró Leal su principal fuente de conocimiento de la historia de ciudad. En la lectura de los libros editados por la Oficina del Historiador, en sus colecciones de los «Cuadernos de Historia Habanera», la «Colección Histórica Cubana y Americana» y las Actas Capitulares, descubrió los misterios de la habaneridad y, por extensión, de la cubanidad. En su devoción por La Habana se palpa la admiración hacia pensadores que configuraron la ciudad, como Francisco de Arango y Parreño, Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva, y Francisco de Frías y Jacott, conde de Pozos Dulces; o por aquellos hombres de fe, como Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, el Obispo de Espada; el Padre Félix Varela o José de la Luz y Caballero, que marcarían para siempre su propio destino espiritual.

Siendo responsable del Museo de la Ciudad, Leal fundó varias salas que reflejaron el devenir habanero. Con ese motivo proyectó la Sala de la Parroquial Mayor, espacio que expone las evidencias arqueológicas de la Habana desconocida y primera, que vivió alguna vez en aquel lugar cuando fue el primer templo de la villa. Esta importante sala fue inaugurada con el apoyo del Arzobispo de La Habana, monseñor Evelio Díaz y con la presencia de monseñor Cesare Zacchi, Arzobispo titular de Maura, Nuncio Apostólico de su Santidad en nuestro país, figura clave que contribuyó a la relación entre la Iglesia y el Estado cubano en un momento verdaderamente complejo. Fue precisamente en esa época cuando se estrecharon sus relaciones con el Arzobispado de La Habana y con el Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Contaba Leal que, siendo joven, al ingresar en el claustro del que había sido Seminario y luego palacio del Cardenal Arzobispo de La Habana, Manuel Arteaga, se deleitaba con una higuera retorcida y añosa que decían había sido plantada por el obispo Espada, y de cuyos frutos había comido el mismísimo Varela. Recordaba que muchos jóvenes como él, esperaban que maduraran aquellos frutos, porque creían que, tomándolos, tomarían también un poco del ingenio y la divina gracia del santo cubano.

Aquí, en este antiguo Seminario, lugar imprescindible de la historia patria, conoció del Obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz y de su discípulo, José de Hechavarría. Este último fue el reformador de las leyes y estatutos del Real Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio, que convirtieron la escuela creada para el sacerdocio en una institución –o un taller, como él le llama- para la formación de hombres que no sólo sirvieran al clero, sino que estuvieran preparados para el advenimiento del nuevo siglo en estas tierras. De Hechavarría a José Agustín Caballero; de este a Félix Varela; a José de la Luz y Caballero; a José Antonio Saco; y a tantos otros que brillarían, con admirable luz para suerte de Cuba. De ellos bebió Leal. Solo su perseverancia, voluntad y carisma permitieron, con ahínco, triunfar ante incomprensiones, barreras burocráticas y desidia. Y después de tanto trabajo, el reconocimiento merecido.

Habían pasado los tiempos de la épica de la restauración del Palacio de los Capitanes Generales -que duró más de una década-, del Museo al Campo, del rescate del Templete -de sus preciosos cuadros y de la tradición de las vueltas a la ceiba-, de los primeros planes para restaurar La Habana Vieja y de su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad, del famoso programa televisivo Andar La Habana y del Decreto Ley 143 de 1993, firmado por Fidel, en el cual se reconocía la autoridad de Leal y de la Oficina como máximas responsables del proyecto de restauración del Centro Histórico, y que cambió la historia de la conservación y gestión del patrimonio cubano.

Luego de casi 30 años de significativas transformaciones, se puede decir, que La Habana soñada por Eusebio Leal ha tenido el impulso no de La Habana que ha sido, sino la que necesariamente tendrá que ser, ahora, como un compromiso a continuar su obra.

Resulta difícil estar en este lugar, rememorando a Eusebio Leal, sin recordar también a su cercano amigo, el Arzobispo Emérito de La Habana, el cardenal Jaime Lucas Ortega. A él dedicó Leal la Lectio Magistralis cuando recibió el Título Honoris Causa de la Pontificia Universidad Lateranense: «Al Cardenal Jaime Ortega Alamino: el pastor y el hombre. Elogio de la virtud sacerdotal.» En este ensayo Leal resumió magistralmente la historia de la Iglesia Católica en Cuba y cuál ha sido su papel en la formación de nuestra identidad, y en una buena parte del mismo, hay palabras a la memoria de Su Eminencia:

Jaime Ortega fue un hombre de perdón y reconciliación, un constructor de puentes. Mucho (le) debemos… Hablábamos mucho, anécdotas sobre su vida y largos viajes, sus gestiones para conseguir financiamientos, la devolución de numerosos templos y bienes de la Iglesia de acuerdo a sus diálogos con Fidel y Raúl, la creación de la Casa Sacerdotal, de la sede de la Conferencia Episcopal en La Habana, los terrenos conseguidos para levantar el nuevo asiento del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, la erección de templos… y el destino de Cuba. Mi fe y la suya se hermanaban absolutamente. Las palabras de San Pablo Apóstol presidían nuestros diálogos: la caridad todo lo cree, todo lo perdona.

 

Hablamos por última vez junto a su médico, el ilustre Doctor René Zamora, director del Centro de Bioética San Juan Pablo II. Cuando ya apenas podía escuchar ni proferir palabra, tomé sus manos y me nombró: amigo, amigo… Esas palabras las llevo siempre en mi corazón.

En ese mismo corazón donde tenía un espacio su amigo Jaime, se encontraba perpetuamente el sentimiento hacia su Habana, el mejor de sus amores, la mejor de sus pasiones y el mayor de sus desafíos. Que la memoria de Eusebio Leal perdure y que hoy nos sintamos orgullosos de haber sido contemporáneos de un habanero raigal.

Notas:

 

  • Eusebio Leal Fiñes, p . 7
  • Ídem, 12
  • Ídem, p. 84

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