Un fogonazo contra José Lezama Lima

Por: Jorge Domingo Cuadriello

Carlos Enrique Sánchez (1924-?)
Carlos Enrique Sánchez (1924-?)

 

Hay velas y milagros
Hay velas y milagros

A mediados de la década de los 50 del pasado siglo José Lezama Lima había conquistado un lugar relevante en el panorama literario cubano gracias, en gran medida, a su obra poética, concentrada principalmente en los libros Enemigo rumor (1941) y La fijeza (1949), y a las revistas literarias Verbum, Espuela de Plata y Orígenes, en las que él tuvo un papel sobresaliente y alcanzaron incluso una difusión más allá de nuestras fronteras. Sin embargo, no fueron pocos los escritores que por aquel tiempo se alzaron en contra de él y lo negaron enfáticamente, algunos por motivos estéticos, pero otros por razones ideológicas, por discrepancias generacionales y algunos, peor aún, por envidia, un sentimiento mezquino que no deja de estar presente en los ámbitos artísticos y literarios. Ese encono contra el autor de Paradiso se puso de manifiesto en mayor grado a partir del cisma ocurrido en 1954 entre los hasta entonces editores de Orígenes, Lezama Lima y José Rodríguez Feo. Este último, junto con el poeta Virgilio Piñera, tras aquella discordia fundó la revista cultural Ciclón, que intentó ¨barrer Orígenes de un golpe«, y desde sus páginas no escasearon los ataques, más o menos velados, contra Lezama. Uno de ellos se manifestó a través del cuento «Gettatore» (sic), de Carlos Enrique Sánchez, que hasta donde conocemos no ha recibido la menor atención de los incontables estudiosos de la vida y la obra del célebre poeta de Trocadero 162, a diferencia del desencuentro que tuvo con el entonces muy joven aspirante a escritor Edmundo Desnoes, episodio que incluso tuvo repercusiones literarias a través de la obra de ambos.1

» «Gettatore»2

Este «cuento», según la calificación que le concede su autor, apareció publicado en el número de la revista Ciclón correspondiente al mes de septiembre de 1956,3 y fue incluido poco después en el volumen Hay velas y milagros (cuento, y once narraciones más).4 Ese texto se inicia con una descripción burlona de un personaje que nombra Oscar Chomat, profesor español de 55 años, refugiado en Cuba durante más de diez años con sus ancianos padres, famoso desde su juventud en España por su condición de gafe, como trata de demostrar el autor por medio de algunas anécdotas, y que muere sorpresivamente en La Habana. Todos estos datos, y otros más, como su militancia comunista y su repudio al régimen de Franco, apuntan sin lugar a dudas al ensayista, poeta, narrador y profesor de literatura en la Universidad de Oriente Juan Chabás Martí (1900-1954).5 A continuación el autor pasa a describir la personalidad y a ofrecer algunas anécdotas de uno de los alumnos más aplicados de este, el joven educador y poeta Juan Sandoval, a quien vapulea de modo inmisericorde e incluso revela datos de su vida privada. De acuerdo con nuestro criterio, detrás de ese nombre ficticio se encontraba Juan Eduardo Fernández Carvajal y Bello (1914-1958), autor de algunos textos para la enseñanza del español y más conocido como Juan Carvajal.6

Y seguidamente se encarga de presentarnos a su principal objetivo, José Clemente Inca, «el poeta (…) que por su hermetismo, nobleza y honradez intelectual le aguardaba un puesto fijo en las literaturas del mundo del mañana». Este personaje era «dueño y director de la más prestigiosa ostentación literaria» en toda la América Latina, la revista «Estaciones, publicada cuatro veces al año aunque en Cuba no haya estaciones», referencia evidente a Orígenes. Para no dejar un resquicio de duda acerca de que señala a José Lezama Lima, el autor aporta los siguientes datos sobre dicho personaje: es asmático, gusta de fumar habanos, convive con su piadosa madre, tiene su cuartel en una librería de la calle Obispo y su físico es el «de Gran Buda de Tokio». Más adelante anota: «Se levantaba a las siete para ir a la cárcel, donde trabajaba. Se codeaba con los presos, que le llamaban doctor por la calle, cuando recobraban su libertad, y él los bendecía como el Papa». Solo una vez había roto su «inmaculada estancia en La Habana» al aceptar «la invitación de un amigo rico a ir a México. Se trataba de un periodista millonario de pigmento sufrido, el Emperador Jones del catolicismo», que «había dejado de ser el manso Tío Tom, poeta y comunista, por amor a las fincas, al automóvil con chofer, al traje de dril cien con sombrero de jipijapa, a los excelentes gramófonos con una nutrida colección de discos clásicos». En este caso los dardos de Carlos Enrique Sánchez iban dirigidos, sin mencionarlo por su nombre, al mestizo Gastón Baquero (1914-1997), quien en su juventud había simpatizado con el movimiento comunista y más tarde se convirtió al catolicismo, abandonó el cultivo de la poesía, se dedicó al periodismo, llegó a ser jefe de redacción del importante Diario de la Marina, prosperó económicamente y logró adquirir una finca en las afueras de La Habana.

Ya al final de su escrito, concluye que José Clemente Inca era un intelectual pedante, engreído, ocurrente a veces por medio de sus comentarios mordaces y poseedor de «una crueldad refinada» que incluía su menosprecio hacia Juan Sandoval, siempre deseoso de colaborar en Estaciones.

» Recepción de Hay velas y milagros

Este conjunto de textos de Carlos Enrique Sánchez no fue ignorado por los críticos literarios en el año de su publicación, 1957, y al menos podemos citar los comentarios que sobre él ofrecieron tres autores. De acuerdo con el orden cronológico, el primero de ellos fue el narrador y periodista Enrique Labrador Ruiz, quien en su sección «Croniquilla» del diario Alerta declaró brevemente: «Aparte de “Jettatore” (sic) que ya conocía, el resto en Hay velas y milagros es para mí sorpresa. De gran calidad, por supuesto.»7 Y a continuación pasó a elogiar el cuento «Dentro y fuera». Semanas después el ensayista, biógrafo y crítico de arte Rafael Marquina en su columna «Vida cultural y artística» del periódico Información ofreció este comentario: «Aparte el primer cuento, “Gettatore” —cuento de clave y, por tanto, como toda obra críptica, clavo en la clave de que queda clavado en artificio de juego inútil, los demás presentan —con rigor certero, con brío creador— afirmación magnífica de un cuentista excelente».8

Ya al finalizar aquel año la crítica literaria Fornarina Fornaris emitió la siguiente opinión sobre este libro en la revista Nuestro Tiempo, de posiciones afines al movimiento comunista:

Carlos Enrique Sánchez es un novel escritor /que en Hay velas y milagros/ recoge una serie de cuentos y relatos que se mueven hacia dos direcciones opuestas del espíritu: mientras que algunos son ingenuos en la simplicidad del tema y su solución, otros, que son los más, se aniegan en un escepticismo y un resentimiento amargo. Particularmente en el relato «Gettatore» contempla con una óptica deformada por un subjetivismo excesivo, una realidad parcializada que no enfoca como un todo orgánico con sus circunstancias matizadoras, sino de modo unilateral, centrando su mirada en todo lo que signifique negación, crueldad humana, cegado por su escepticismo y su falta de fe. En esta narración se hace referencia a hechos y personas de la vida real vistos a través de un prisma vuelto al revés. No cabe duda de que las apreciaciones de Carlos Enrique Sánchez sobre algunas de las más prestigiosas figuras de nuestro ambiente literario e intelectual no son nada generosas y que su mayor desacierto consiste en tratar de culpar a los demás por sus propios fracasos.9

Resulta curioso que ninguno de estos tres comentaristas haya enfrentado directamente los ataques personales contra Juan Chabás, Lezama Lima, Gastón Baquero y Juan Carvajal que de modo muy poco disimulado están presentes en «Gettatore», aunque Fornarina Fornaris en su crítica al menos se aproximó al asunto. Hay que descartar por completo que no se hayan percatado de aquellas alusiones ponzoñosas. Por alguna razón que desconocemos prefirieron esquivar este asunto.

» ¿Y quién era Carlos Enrique Sánchez?

Cuando leímos «Gettatore» no teníamos la menor información acerca de este autor, pero decididos a escribir el presente trabajo nos dedicamos a investigarlo. Gracias al Directorio Social de La Habana10 del año 1959 pudimos conocer su segundo apellido, Núñez, y que era el primogénito del hacendado Carlos Manuel Sánchez Cil, miembro de una acaudalada familia. Con esta información consultamos el documentado libro de Guillermo Jiménez Soler Los propietarios de Cuba 1958, y descubrimos que los Sánchez Cil eran seis hermanos que en sociedad poseían el central Santa Lucía, en el norte de la antigua provincia de Oriente, así como una extensa finca de ganado y colonias de caña. El mayor de ellos, Rafael, clasificaba en el segundo grupo de los hombres más acaudalados de Cuba y Carlos Manuel, padre de Carlos Enrique, había sido además propietario del cine Riviera, ubicado en el Vedado.11

Conociendo ya su segundo apellido, que pertenecía a una familia de considerables recursos monetarios y su dedicación a la literatura calculamos que había cursado estudios en la Universidad de La Habana. Efectivamente, en el archivo de la Secretaría General de este centro de altos estudios encontramos su expediente de estudiante, que nos posibilitó hallar más datos sobre él y una foto personal suya. Había nacido en el Vedado el 5 de junio de 1924 y en septiembre de 1943 había obtenido el título de Bachiller en Letras y Ciencias en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. A continuación matriculó las carreras universitarias de Derecho Diplomático y de Filosofía y Letras, pero en 1945 abandonó estos estudios superiores. Residía entonces en el apartamento 4 del Edificio Martí, situado en Línea y 4, Vedado.12

En la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí hemos encontrado otros libros de Carlos Enrique Sánchez, todos de muy escasa calidad literaria. En 1947 publicó el volumen de versos humorísticos Las tres colecciones, del cual tomamos estos dos deplorables ejemplos:

Estas son las mujercitas y los jóvenes maricas
Que se hicieron nazistas por no ser comunistas;
Los que admiran a Franco porque el otro gobierno
Se llevó de recuerdo el tesoro español

(«Irregularidades que deben citarse»)

Anoche te vi bailando una rumba. ¡Qué decepción!
(En verdad, no recuerdo si fue una rumba
O una conga. Es lo mismo: es la música asquerosa
Que huele a sudor de una semana)

(«Segundo sueño con la rubia del restaurante»)

Dos años después, en 1949, publica el conjunto de poemas y relatos breves Los huesos nombrados, en el que incluye epígrafes de Paul Claudel, Lautremont, Guillaume Apollinaire, André Breton y, para nuestra sorpresa, el conocido verso de José Lezama Lima «Deseoso es aquel que huye de su madre». Pero también en esta ocasión el nivel literario sigue siendo muy bajo. Veamos este lastimoso ejemplo:

Nuestro primer amor es nuestra madre,
Nuestro primer odio es nuestro padre,
El niño que busca al padre será homosxual,
La niña que busca a la madre será lesbiana.

(«Psiquiatría»)

También dos años más tarde, en 1951, Carlos Enrique Sánchez vio salir de la imprenta Úcar, García y Cía otro libro suyo, esta vez titulado El juego encima y de igual modo compuesto por poemas y breves narraciones. Una mayor sorpresa nos deparó ver que el ejemplar conservado en nuestra más importante biblioteca cuenta con la dedicatoria manuscrita a José Lezama Lima, quien lo conservó hasta su muerte y el 27 de enero de 1992 entró a formar parte de la Colección de este poeta que se conserva en dicha institución. Este importante detalle nos lleva a preguntarnos: ¿en algún momento mantuvieron lazos de amistad este novel escritor y el autor de Paradiso?

En la Biblioteca Nacional también consultamos un ejemplar parcialmente intonso de Hay velas y milagros Carlos Enrique Sánchez (1924-?). que cuenta con la siguiente dedicatoria manuscrita: «Para don Fernando Ortiz, quien una memorable noche me diera impulso a utilizar este memorable título de “Hay velas y milagros”. Con la admiración de Carlos Enrique Sánchez, 12-VI-57.» De esta dedicatoria se desprende que al menos mantuvo cierto trato con el reconocido polígrafo.

El Directorio Social citado líenas atrás nos ofrece también la información de que en 1959 estaba casado con Manuela Galán y este matrimonio contaba con cuatro hijos. A partir de entonces se nos pierde el rastro de Carlos Enrique Sánchez.

» Comentario final

¿Qué motivos llevaron a este joven escritor a lanzar toda una larga relación de ataques personales a figuras de nuestro ámbito literario? ¿Despecho? ¿Rencor? ¿Deseos de epatar? ¿Congraciarse con los editores de la revista Ciclón? Confesamos no tener respuestas para estas preguntas y ni la Bibliografía de José Lezama Lima ni la correspondencia suya que hemos consultado nos brindan información alguna acerca de si este repelió a través de algún escrito aquellos dardos envenenados.

En los años finales de los 50 este destacado poeta se arropó con la compañía de fieles escritores amigos como Cintio Vitier, Fina García Marruz, Ángel Gaztelu, Eliseo Diego y Octavio Smith, así como de algunos jóvenes que reconocían su condición de maestro, entre ellos Roberto Fernández Retamar y Mario Parajón. Pero en la trinchera contraria, junto a sus antiguos amigos José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera, se agrupaban otros jóvenes que le negaban la sal y el agua, como Antón Arrufat, Heberto Padilla y José Álvarez Baragaño. A este grupo se sumó Carlos Enrique Sánchez con su deplorable texto «Gettatore», que ahora hemos sacado del olvido.

 

Notas:

1 Véase el minucioso estudio «El (des)engaño entre Lezama Lima y Edmundo Desnoes», del acucioso investigador Jorge Camacho, texto publicado y reproducido en varios órganos digitales, entre ellos Hypermedia Magazine.
2 Quizás el autor tomó como título para este relato la comedia ¡Jettatore! (1904), del argentino Gregorio de Laferrere, donde aparece un gafe.
3 Volumen 2 Nro 5, páginas 33-45.
4 Sánchez, Carlos Enrique Hay velas y milagros (cuento, y once narraciones más). La Habana, Sociedad Colombista Panamericana, 1957, 146 pp.
5 Para confirmar estos datos y su bien ganada fama de gafe consúltese el estudio de Javier Pérez Bazo Juan Chabás y su tiempo. De la poética de vanguardia a la estética de compromiso (Barcelona, 1992).
6 Con motivo del 25 aniversario de su muerte el profesor Oscar Fernández de la Vega publicó en Miami un folleto de recordación.
7 Labrador Ruiz, Enrique «Hay velas y milagros». En Alerta Año XXIII Nro. 153. La Habana, 3 de julio de 1957, p. 4.
8 Marquina, Rafael «Hay velas y milagros». En Información Año XXI Nro. 223. La Habana, 24 de septiembre de 1957, p. B-2.
9 Fornaris, Fornarina «Carlos Enrique Sánchez: Hay velas y milagros. La Habana, 1957». En Nuestro Tiempo Año IV Nro. 20. La Habana, noviembre-diciembre de 1957, pp. 21-22.
10 Directorio Social de La Habana. Edición 1959. Editores María R. de Fontanills y Eduardo Fontanills. La Habana, Impresores P. Fernández y Cía, 1959, p. 700.
11 Jiménez Soler, Guillermo Los propietarios de Cuba 1958. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2007, p. 490.
12 Universidad de La Habana Secretaría General. Expediente 42761 de Carlos Enrique Antonio Sánchez Núñez de Villavicencio.