Una leve distancia

Por: José Prats Sariol

Lorenzo García Vega y José Lezama Lima.
Lorenzo García Vega y José Lezama Lima.

Todo el mundo tiene derecho a sus opiniones,
desde luego, y también los escritores.
Mario Vargas Llosa

 

Mario Vargas Llosa sugiere en La mirada quieta (de Pérez Galdós) un diálogo inteligente y moralmente saludable sobre autores y obras literarias. El novelista de La casa verde —para muchos el más relevante escritor de habla hispana vivo—, rechaza en la introducción a su reciente (2022) libro sobre Galdós, las implicaciones fanáticas, las derivaciones hacia ataques personales de discusiones, de puntos de vista diferentes. Habla de «civilizada polémica», nunca de ponzoñas, chismes y bromas agresivas hacia quien tiene otra opinión. No solo porque se puede tratar de un ardid para eludir la argumentación, sino porque indica una mentalidad autoritaria, que no resiste la oposición.

Complace que elogie a Javier Cercas y a Antonio Muñoz Molina cuando expresaron diferentes opiniones críticas sobre la obra de Benito Pérez Galdós. El Nobel peruano no está de acuerdo con Cercas, no comparte con su colega que no le guste la prosa del autor de Fortunata y Jacinta, pero comenta que Javier Cercas es uno de los actuales intelectuales de nuestra lengua digno de atención.

«Entre gustos y colores, no han escrito los autores» —dice Vargas Llosa que aconsejaba su abuelo Pedro. Y añade con firmeza: «Todo el mundo tiene derecho a sus opiniones, desde luego, y también los escritores». Luego confiesa: «A mí no me gusta Marcel Proust, por ejemplo, y por muchos años, avergonzado, lo oculté (…) Todo esto para decir que, en aquella polémica, estuve al lado de Muñoz Molina y en oposición a mi amigo Javier Cercas». Más adelante afirma sobre Galdós: «No sería un genio —hay muy pocos— pero fue el mejor escritor español del siglo xix, el más
ambicioso y, probablemente, el primer escritor profesional que tuvo nuestra lengua». Con lo que vuelve a opinar diferente de Javier Cercas. A disentir fraternal o por lo menos amigablemente.

Benito Pérez Galdós (1843-1920).
Benito Pérez Galdós (1843-1920).

Desagrada observar que muchas controversias resbalan hacia insultos personales, como suele hacer —vergonzosamente— la mayoría de los políticos en sus debates, sobre todo de cara a las elecciones. No se limitan a enunciar y fundamentar lo que se proponen hacer si alcanzan la victoria en las urnas, sino que se ensucian ensuciando a los contrincantes, en particular al que aparece a la cabeza de las encuestas o le sigue en preferencias del público.

Sin embargo, es tonto imitar los malos ejemplos que dejan muchos políticos. La literatura y las artes, en sus necesarias críticas, no debieran convertir las discusiones en gallineros donde acaban de echar maíz. A la civilizada muestra que nos ha dejado Mario Vargas Llosa se pueden añadir muchísimas similares que hemos leído, oído o vivido. Aunque desgraciadamente —del otro lado de la cerca— también se puede hacer un penoso inventario de trifulcas. Lo cierto es que por lo general perduran aquellas donde no se ha pataleado en la maledicencia.

Como aquella respetuosa polémica entre Gastón Baquero y Juan Marinello —entre otras sin difamaciones de ninguna de las dos partes—, se produjo el célebre intercambio entre Jorge Mañach y José Lezama Lima en las páginas de la revista Bohemia. El primero defendió Revista de Avance, el segundo Orígenes… Según puede leerse, el relevante ensayista de Indagación del choteo publica en el número del 25 de septiembre de 1949 el artículo «El arcano de cierta poesía nueva. Carta abierta al poeta José Lezama Lima». Allí, a propósito de la publicación de La fijeza de Lezama, el eminente profesor de filosofía de la Universidad de La Habana —de cuya honradez intelectual nadie se atrevía a dudar, aunque sí a disentir de su ideario filosófico, estético y político— declara que sus concepciones sobre la poesía y la literatura coincidían muy poco con las del grupo nucleado en torno a la revista Orígenes. Exalta Mañach, en contraposición directa, los méritos de la revista en la que figuró en su consejo de dirección, la que en ese entonces se vinculó con poca determinación a la estética vanguardista.

Revista de Avance esgrime la transgresión como su bandera, mientras Orígenes ondea la fundación. Aunque vistas desde hoy sean más las coincidencias —como la proyección martiana— que las diferencias, que no pueda considerarse que habitan en las antípodas. Ambas, sin embargo, son enfrentadas en Bohemia por sus dos representantes más connotados. Hoy tampoco, por cierto, resiste la comparación el breve tiempo que duró Revista de Avance (del 15 de marzo de 1927, primero con regularidad quincenal, hasta intermitentemente su cierre en 1930, menos de tres años) en comparación con los doce años que duraría Orígenes.

La carta abierta donde Lezama le contesta con dureza a Mañach («Respuestas y nuevas interrogaciones») también aparece en la semanal revista Bohemia, en octubre de 1949. Y su comienzo es pertinente para nuestro propósito de exaltar la polémica civilizada. Vale reflexionar las palabras de este hermoso inicio: «Qué puntual elegancia, mi querido amigo, muestra usted en su epístola, que le ha permitido enseñar sus más esenciales discrepancias, burlando ciertas furias, pero, con tacto fino para evitar la posibilidad siquiera de un rasguño, entregándonos sin paliativos sus negaciones, lejanías e indiferencias». Y tras las páginas de refutación, de argumentos sin la menor ofensa, termina Lezama su carta: «Siga usted, mi querido Mañach, mostrando esa cortesía que no le secuestra la inquietud y esa curiosidad que particulariza sus deseos. Así ha provocado los más nobles contentamientos de su amigo».

Tras la premisa ética —Mañach y Lezama actuaban de buena fe— queda la impresión de que ambos supieron alejarse de intolerancias típicas de líderes totalitarios, de extremismos religiosos o encendidos fanáticos de fútbol… Leída la dura polémica más de setenta años después, ninguno de sus párrafos o frases es rechazado por su soberbia, ninguno inspira lástima por ardides para analfabetos funcionales.

Hace apenas unas semanas se divulgó «La invención de Lorenzo García Vega. Historia, crítica e interpretación», ensayo del reconocido crítico literario cubano Duanel Díaz Infante. Allí disiente de las valoraciones que de Lorenzo García Vega y sus escritos han sostenido Jorge Luis Arcos, Carlos Aguilera y Antonio José Ponte. A raíz de conocerse este exhaustivo y sagaz estudio —para mí convincente—, se produjo entre Ponte y yo un intercambio de breves textos donde no supo honrar la tonalidad de aquella civilizada polémica entre Mañach y Lezama. Antes, por ejercer mi derecho a opinar que la obra de Lorenzo García Vega no es relevante —en particular su solariego libro Los años de Orígenes—, tuve que soportar la hostilidad de Jorge Luis Arcos. Incapaz de aceptar, si fuera como yo un admirador de Marcel Proust, que Vargas Llosa discrepe de su punto de vista, por lo que lejos de argumentar su defensa de García Vega y sus escritos, se dedicó a tratar de desacreditarme.

Parece que necesitamos —me incluyo en el plural de participación— una leve distancia de nuestros gustos y opiniones. Alejarnos unas pulgadas de nuestros juicio y prejuicios sobre los fenómenos y experiencias de la vida. Ponerlos entre paréntesis, como sugirió Edmund Husserl, el genial filósofo que nos legó los axiomas de la fenomenología. En este caso, sobre autores y obras literarias, lograr una leve distancia. Tan sencillo.

En Aventura, marzo y 2024