Rafael Suárez Solís y Gastón Baquero fueron, sin lugar a dudas, de los periodistas más importantes que ejercieron su profesión en la etapa republicana de nuestra historia. El primero había nacido en Asturias en 1881 y su arribo a La Habana ocurrió en 1907; pocos meses después ingresó como redactor del Diario de la Marina gracias a las gestiones de un tío suyo, Lucio Suárez Solís, quien se desempeñaba como jefe de redacción de dicho órgano. Con el transcurso de los años su prestigio como periodista, crítico de arte y escritor se consolidó. En marzo de 1926 asumió además la jefatura de redacción de El País y por aquel tiempo confeccionó también el Suplemento Literario del Diario de la Marina. Dos años después marchó a Madrid y estableció muy cordiales relaciones con importantes escritores españoles como Ramón Gómez de la Serna y Benjamín Jarnés. De nuevo en La Habana, tomó parte en la oposición a la dictadura de Machado y sufrió prisión en la cárcel de Isla de Pinos. Tras la caída de este régimen fue periodista de Luz y de Ahora, pero en 1935 se vio obligado a exiliarse de nuevo en España, donde lo sorprendió la guerra civil. Retornó a la capital cubana a fines del año siguiente y poco después se sumó al equipo de redactores de Información. En 1939 fue designado jefe de la Sección de Bellas Artes de la Dirección de Cultura de la Secretaría de Educación. Por aquel tiempo también publicó los ensayos Molde. Imagen (1928), El arte de picar piedra (1931), Toros en Fermoselle (1937) y La resonancia del silencio (1941), colaboró en las revistas Bohemia, Carteles y Lyceum, entre otras, y tomó parte en el proceso de renovación del teatro en Cuba.

Gastón Baquero, por su parte, había nacido en Banes, Oriente, en 1914, y a los catorce años llegó a La Habana, en cuya universidad se graduó en 1943 de ingeniero agrónomo, título que nunca ejerció. Por aquellos tiempos dio a conocer sus primeras creaciones poéticas en las revistas Verbum, Espuela de Plata, Poeta y Clavileño y se incorporó al grupo de poetas encabezado por José Lezama Lima que se agruparían en Orígenes poco después, en 1944, año en el que también Baquero ingresó como periodista en el diario Información; pero meses más tarde saltó al Diario de la Marina. Ya en aquellos días podía ostentar la publicación de los cuadernos de versos de elevada calidad Poemas y Saúl sobre su espada, ambos de 1942, así como el codiciado premio periodístico Justo de Lara al año siguiente. Suponemos nosotros que fue en la redacción de Información donde Suárez Solís y Baquero trabaron una amistad que dio origen al poema que a continuación rescatamos del olvido. A continuación copiamos el texto:
Preludio a unos dulces que el autor envía al Señor Don Rafael Suárez Solís
Reciba, amigo mío, el breve oro que del fuego ha salido conformado cual doméstico sol.
Recuerde que esto fue la nívea espuma de una vaca feliz; y fue el azoro
de una gallina que tuvo sus ensueños en morir ruiseñor o en ser soprano. Medite, amigo mío —medite y coma—,
porque este ámbar, que de tanto es gualda, tuvo en su infancia libertad de prado:
hoja muy verde fue, y luego espiga, y alguna Ruth pasó, e hizo del trigo una haza, un verdeoro
torreoncillo de paz y de fortuna.
Cándida espiga, plumado son, espuma nívea
-o en vulgo dicho: harina, leche y huevo- fundidos por el horno van contentos
a la mesa de usted: nunca soñaron
abrigo tan honesto, encierro tan helénico y tranquilo.
Arrime usted el mármol efímero del diente, arrímelo sin más, que ya le dejo,
sumergido en el canto espumoso, en la espesura, de este azúcar y miel. Tenga provecho,
y téngame recuerdo reservado
en el sitio del pecho que se alegra cuando la inerte golosina rinde su voluntad de trino y su figura.
Posiblemente un crítico literario riguroso descarte este poema por considerarlo circunstancial, producto de un gesto amistoso sin hondura en cuanto a conceptos y contenidos elevados, simplemente una pompa de jabón que se eleva por el aire debido a la gracia de su origen festivo. Sin embargo, a nuestro entender este poema demuestra que en la voz de su autor existe una aspiración creativa y el intento de transmutar a través de imágenes ocurrentes una cordialidad que parte de los simples ingredientes de unos dulces posiblemente caseros.
No creemos que este poema venga ahora a elevar aún más el nivel poético alcanzado por Gastón Ba- quero, quien después de varias décadas dejado a la desmemoria de nuestra república de las letras, por razones extraliterarias, en los últimos años se ha convertido casi en un autor de culto, tanto en Cuba como en el panorama de la literatura hispanoamericana. Pero consideramos muy conveniente demostrar, a través del presente texto, que en Baquero pal- pitaba la vena poética a la par de sus obligaciones periodísticas.
Posdata: En aquel año de 1944 Suárez Solís fue designado director de la emisora radial CMZ, perteneciente al Ministerio de Educación, y meses después es- tuvo entre los fundadores del PEN Club de Cuba. Por aquel tiempo integró el jurado permanente del Con- curso de Cuentos “Alfonso Hernández Catá” y fueron llevadas a la escena algunas de sus obras teatrales, entre ellas La rebelión de las canas por el Patronato de Teatro. En 1949 fue designado subdirector del periódico Alerta, pero dos años después se reincorporó al Diario de la Marina. Obtuvo varios premios periodísticos, entre ellos el José Ignacio Rivero, e integró en 1951 la delegación cubana al Congreso de la Lengua celebrado en México. Tras el triunfo de la Revolución se incorporó al equipo de redactores de El Mundo y en 1962 publicó Un pueblo donde no pasaba nada; novela del tiempo quieto. En 1966 la Unión de Escritores y Artistas de Cuba lo nombró Socio de Honor. Falleció en La Habana dos años después.

Gastón Baquero poco tiempo después pasó de Información al Diario de la Marina y se entregó por completo a las labores profesionales del periodismo, en detrimento de la creación poética, actitud que motivó las críticas de no pocos de sus compañeros de generación, y ascendió a los puestos de editorialista y jefe de redacción de dicho periódico, de arraigadas posiciones conservadoras, católicas e hispanófilas. Sus artículos obtuvieron los codiciados premios periodísticos Justo de Lara (1943), José Ignacio Rivero (1947) y Juan Gualberto Gómez (1948) y por los conocimientos culturales que fue adquiriendo tuvo la capacidad de escribir sobre diferentes temas: música, literatura, política, historia…
A partir del golpe de estado perpetrado por el general Fulgencio Batista en marzo de 1952, que rompió el orden constitucional de la República, se involucró aún más en el movimiento político del país. Fue de- signado miembro del Consejo Consultivo creado por su coterráneo Batista para tratar de darle visos de legalidad a aquel régimen de fuerza, no de derecho, y por medio de sus escritos intentó justificar el proceder del nuevo gobierno. Igualmente se manifestó con mayor frecuencia a favor de la dictadura de Francisco Franco y de la satrapía de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. Su visceral anticomunismo lo llevó a situarse al lado de esos sistemas autoritarios y personalistas. Sin abandonar sus obligaciones en el Diario de la Marina, se desempeñó además como consejero del Instituto Nacional de Reforma Económica y como asesor del Instituto Nacional de Cultura, que presidió Guillermo de Zéndegui. Su situación económica prosperó y llegó a disfrutar de una residencia campestre en la localidad de Santa María del Rosario.
El derrumbe de la dictadura de Batista y el triunfo de las fuerzas rebeldes el 1º de enero de 1959 revirtieron su acomodada situación personal y pocos meses después se vio obligado a marchar a España. En Madrid contaba con muy buenas relaciones. Durante años había respaldado al régimen franquista y había estado muy vinculado a intelectuales españoles adictos al gobierno, a miembros de la jerarquía católica y a entidades oficiales como el Instituto de Cultura Hispánica. Las puertas se le fueron abriendo con facilidad y pudo insertarse sin dificultades en el movimiento intelectual madrileño, colaborar en periódicos importantes, como ABC, y en revistas académicas, como Cuadernos Hispanoamericanos. Su producción poética se enriqueció entonces con los volúmenes de versos Memorial de un testigo (1966) y Poemas invisibles (1991). No volvió más a Cuba. Falleció en la capital española en 1997.
Nota:
1 Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor”. Fondo Rafael Suárez Solís. Carpeta 6 Nro. 533. Poema mecanografiado y no firmado.

